Arquitectura: Guillermo Rey
Equipamiento e interiorismo: Colección Sur
Fotografías: Colección Sur
Hay casas que se construyen dos veces: una primera vez cuando el arquitecto levanta los muros y decide dónde ha de caer la luz, y una segunda, más silenciosa, cuando alguien distinto entra a habitar ese volumen vacío con objetos, texturas y materias que terminan de decirle al espacio quién es en realidad. Esta casa, intervenida por el arquitecto Guillermo Rey en las sierras de Maldonado, tuvo esa segunda fundación junto a las manos de Colección Sur, a quien se le encomendó no solamente el equipamiento integral sino una tarea de mayor delicadeza: intervenir sin traicionar, mejorar la funcionalidad sin renunciar jamás a la estética que los propietarios llevaban tiempo imaginando, casi soñando, antes de que existiera.
El punto de partida fue una decisión de sustracción antes que, de agregado, un gesto que en arquitectura suele ser el más difícil de sostener: alejarse de lo rústico, depurar el lenguaje material hacia una calidez de otro registro, donde el mármol y el granito reemplazan la piedra vista y donde la madera de roble macizo se impone como materia noble, capaz de sostener tanto el peso de una mesa como el peso, menos visible pero más duradero, de una historia familiar. Sobre esa base se instaló el equipamiento curado por Colección Sur de la firma Saccaro, elegida —entre un catálogo extenso de tapizados posibles— por una estética que no se impone, sino que acompaña, y por un confort que se siente antes de nombrarse: camas, mesas de luz, sofás, cortinas, alfombras, todo el vocabulario doméstico repensado desde una misma coherencia silenciosa.
A ese conjunto se suman piezas escultóricas de Tora Brasil que funcionan menos como mobiliario que como presencias: la mesa de comedor, o esa rodaja de tronco convertida en mesa de living, espectacular en el sentido más literal de la palabra, la que detiene la mirada del visitante antes de que este alcance a formular ninguna pregunta. En la galería de recepción, un asiento del tipo de los que se ven en el Rosewood de San Pablo introduce esa cita silenciosa que todo buen proyecto de interiorismo sabe hacer sin caer en la imitación: no copiar, sino dialogar con una referencia internacional sin perder, en el diálogo, el acento local.
La luz, en esta casa, viene de muy lejos y de muy cerca a la vez. Hay luminarias de Bocci, de David Pompa, piezas diseñadas para Lumini por Marcio Kogan, y una pieza de ónix firmada por Cristian Mohaded que añade a la casa algo de mineral y de resplandor filtrado, como si la piedra misma hubiera decidido, por una vez, dejar pasar la luz en lugar de detenerla. A la madera de roble macizo se suman piezas torneadas de manufactura argentina, y el arte —presencia constante en cada ambiente, nunca accesoria— es enteramente obra de Olguita Armand Ugón, cuya temática recurrente son los caballos, esa figura que en el imaginario rioplatense nunca termina de ser solamente animal, sino algo más cercano a un emblema de linaje y de tierra.
Los mármoles y granitos llevan la firma de Abatte; la grifería es Hansgrohe de Bosch, los pisos, de madera, de procedencia alemana. Y en la cocina, la carpintería local resuelve lo que toda buena cocina contemporánea debe resolver sin ostentación: que la madera natural, cálida y visible, sea capaz de esconder, sin siquiera declararla, la última tecnología en electrodomésticos.
Esta casa, en definitiva, no fue vestida: fue traducida. Cada pieza, venida de Brasil, de Argentina, de Alemania, de un taller local de Maldonado, encontró su lugar exacto en una sintaxis que ya no distingue origen ni distancia, sino que los reúne en una sola habitación, en una sola luz, en una sola manera de estar.


























