Cien años de una intuición: la invención del tiempo moderno

ROLEX OYSTER

Toda revolución técnica nace, antes que nada, de una convicción. La de Hans Wilsdorf, fundador de Rolex, fue esta: el reloj de pulsera, despreciado a comienzos del siglo veinte como simple alhaja, tomaría parte en el impulso de modernidad que transformaba la sociedad y acabaría por convertirse en su símbolo. Wilsdorf no se limitó a soñarlo. Le dio a esa pieza minúscula la precisión de un cronómetro marino y, no conforme con ello, ideó la manera de sellarla contra el mundo. Así nació, en mil novecientos veintiséis, el Oyster: la primera caja hermética de la casa, protegida del agua y del polvo gracias a un bisel, un fondo y una corona de cuerda enroscados a la carrura. Cinco años después llegó el segundo prodigio, el rotor Perpetual, sistema de cuerda automática que liberó al reloj de la dependencia de la mano humana. Preciso, hermético y ya autónomo, el Oyster se volvió Perpetual, y con él Wilsdorf entregó a quien lo llevara una libertad de movimiento hasta entonces desconocida. Lo proclamó sin modestia ante una asamblea de relojeros, en enero de mil novecientos veintisiete: había fabricado el mejor reloj de pulsera del mundo. La historia, con el tiempo, le dio la razón.

La precisión fue el primer frente de esa batalla. En una era de ferrocarriles, automóviles y ondas de radio que acortaban las distancias, un reloj Rolex obtuvo, en mil novecientos diez, la certificación de precisión cronométrica en Bienne; cuatro años más tarde, otro modelo de la casa recibió en el Observatorio de Kew la calificación de Clase A, honor hasta entonces reservado a los grandes cronómetros marinos.

El mundo relojero, escéptico ante la fragilidad presunta de los mecanismos pequeños, tuvo que rendirse ante la evidencia. La estanqueidad fue el segundo desafío, y aquí la obstinación de Wilsdorf rozó lo poético: quería, según confesó a sus técnicos, un estuche tan hermético que sus movimientos quedaran para siempre a salvo del polvo, el sudor, el agua, el calor y el frío. La prueba definitiva llegó en mil novecientos veintisiete, cuando la nadadora británica Mercedes Gleitze cruzó el canal de la Mancha con un Oyster de oro en la muñeca; después de más de diez horas en agua helada, el reloj emergió intacto, y Gleitze se convirtió en la primera de una larga estirpe de testigos de la marca. El tercer desafío, el de la energía, se resolvió en mil novecientos treinta y uno con el ya mencionado rotor Perpetual, que armaba el resorte principal con el simple gesto de la muñeca y evitaba así tener que violar, cada vez, la hermeticidad de la corona. El reloj moderno, tal como hoy lo entendemos, nació entonces.

El mundo como laboratorio

Wilsdorf entendió pronto que ningún banco de pruebas podía sustituir a la realidad misma, y de esa convicción surgió una filosofía que la casa resumió con precisión casi castrense: proof by trial, la prueba de todas las pruebas. Exploradores, aviadores, alpinistas y buzos llevaron el Oyster a los confines del planeta, y sus experiencias —antes que publicidad— fueron insumo técnico para los talleres de Ginebra y Bienne. Sir Malcolm Campbell rompió, en mil novecientos treinta y cinco, la barrera de las trescientas millas por hora sobre las salinas de Bonneville; Chuck Yeager rompió la del sonido en mil novecientos cuarenta y siete; dos décadas más tarde, William J. Knight alcanzó Mach seis con setenta y dos a bordo del X-quince, marca que aún hoy resiste. El GMT-Master, concebido para pilotos que empezaban a cruzar husos horarios a velocidades antes inconcebibles, se volvió el reloj oficial de Pan Am y acompañó, en las muñecas de los astronautas del Apolo, las primeras misiones lunares. En las alturas, Edmund Hillary y Tenzing Norgay coronaron el Everest en mil novecientos cincuenta y tres equipados con Oyster Perpetual; en las profundidades, Jacques Piccard y Don Walsh descendieron, en mil novecientos sesenta, hasta la fosa de las Marianas a bordo del batiscafo Trieste, con un reloj experimental sujeto al exterior del casco que resistió una presión superior a la tonelada por centímetro cuadrado —hazaña que James Cameron repetiría medio siglo después, llevando consigo, como talismán, aquel mismo modelo original.

De ese diálogo incesante entre el mundo y el taller se fue afinando, década tras década, una familia entera de instrumentos: el Datejust, que en mil novecientos cuarenta y cinco introdujo la ventana de fecha; el Submariner, que en mil novecientos cincuenta y tres fijó el canon del reloj de buceo; el Explorer, nacido el mismo año tras el ascenso al Everest; el GMT-Master, de mil novecientos cincuenta y cinco; el Milgauss, blindado contra los campos magnéticos que inquietaban a los físicos del CERN; el Sea-Dweller, con su válvula de escape de helio para el buceo de saturación; el Cosmograph Daytona, ícono indiscutido del automovilismo; el Yacht-Master, tributo a la vela. Cada uno respondió a una exigencia concreta —mayor resistencia a la presión, biseles giratorios graduados, función de cronógrafo, segundo huso horario—, y todos, con el paso de los años, se convirtieron en referencias que hoy se cuentan entre los iconos de la relojería.

Un legado en la muñeca de figuras excepcionales

Ese mismo espíritu de prueba sobre el terreno sigue vivo en los compromisos actuales de la marca. La búsqueda de la excelencia, la querencia por los retos y la voluntad de superar los límites —valores que inspiraron la creación del Oyster— son hoy indisociables de las disciplinas deportivas que Rolex respalda: el golf, el tenis, el hipismo, la vela, el automovilismo. Los mismos valores guían sus alianzas con artistas e instituciones culturales de renombre a través de la Perpetual Arts Initiative, y con exploradores, científicos y defensores del medioambiente a través de la Perpetual Planet Initiative, cuyo propósito es comprender el mundo natural para poder protegerlo. Estas personalidades —desde alpinistas que han escalado los catorce ochomiles sin oxígeno hasta biólogos que reforestan los Andes— perpetúan, cada una a su manera, el legado inaugurado por Mercedes Gleitze en las aguas del Canal.

Cien años, una edición conmemorativa

Este año, Rolex convierte a su reloj más esencial, el Oyster Perpetual, en símbolo de la celebración del centenario. A modo de puente entre los éxitos ya cumplidos y las hazañas que están por venir, una edición aniversario hace su entrada en el catálogo: el Oyster Perpetual cuarenta y uno, disponible en versión Rolesor amarillo, combina un bisel y una corona de cuerda en oro con una caja y un brazalete de acero Oystersteel, en un gesto que recuerda la fisonomía de los primeros ejemplares de la casa. El centenario se hace visible en los detalles: el número cien acuñado en la corona de cuerda, la leyenda «100 years» que sustituye, a las seis horas, la habitual mención «Swiss Made», y sobre la esfera pizarra el nombre Rolex junto a la minutería tampografiada en verde, color emblemático de la marca. En esta pieza se hace patente, además, el refuerzo de la certificación Superlative Chronometer que la casa lleva a cabo este mismo año.

La nueva certificación Superlative Chronometer

Rolex refuerza en dos mil veintiséis su compromiso con los usuarios ampliando esa certificación con tres criterios de evaluación inéditos —la resistencia al magnetismo, la fiabilidad y la sostenibilidad, esta última de carácter transversal—, supervisados ya desde las etapas de diseño y fabricación de cada reloj. Estos criterios se suman a los cuatro instaurados cuando la certificación fue redefinida en dos mil quince: precisión, hermeticidad, cuerda automática y autonomía, evaluados sobre el reloj terminado. El proceso completo queda sometido al riguroso control de organismos suizos independientes de reconocido prestigio internacional, y se simboliza mediante un sello verde que garantiza hoy el rendimiento de cada reloj de la marca a través de siete pilares de excelencia relojera, y no ya de cuatro.

Hacia el porvenir de la precisión

La búsqueda de la exactitud, cornerstone de la certificación y de la propia identidad de la marca, ha llevado a Rolex más allá del oscilador mecánico. En colaboración con el Centro Suizo de Electrónica y Micro técnica, la casa ha desarrollado un reloj atómico óptico de rubidio cuya deriva no supera el segundo cada millón de años —una precisión sesenta veces superior a la de los relojes atómicos disponibles hasta ahora—. Instalada ya en Ginebra, esta primera unidad contribuye a la elaboración del Tiempo Universal Coordinado, una primicia mundial para un instrumento de estas características, y sienta el nuevo patrón contra el cual se calibran, hoy, las máquinas de precisión de los propios talleres.

Una historia itinerante

Para celebrar el nacimiento del Oyster, Rolex presentó «Oyster Story», exposición dedicada a los orígenes de este reloj único, celebrada entre el diez y el veintiocho de junio en el West Bund Dome de Shanghái. Piezas de colección, relojes históricos, modelos actuales, testimonios de usuarios emblemáticos e instalaciones inmersivas compusieron allí el relato de cómo una intuición audaz se convirtió en un avance fundamental que ha forjado la identidad de Rolex y redefinido, cien años después, el mundo relojero.

Acerca de Rolex

Manufactura suiza integrada e independiente, con sede en Ginebra, Rolex debe su notoriedad a un savoir-faire que ha hecho de la excelencia, la elegancia y el prestigio sus tres divisas. Todos los movimientos de sus relojes Oyster Perpetual y Perpetual se someten a pruebas de precisión, prestación y fiabilidad, certificadas mediante el sello verde de la Superlative Chronometer y auditadas periódicamente por organismos independientes.

La palabra «SUPERLATIVE», presente en cada esfera Oyster, condensa la filosofía que Wilsdorf transmitió a la empresa: una búsqueda perpetua de la excelencia de la que dan fe el propio Oyster —nacido en mil novecientos veintiséis— y el rotor Perpetual, patentado en mil novecientos treinta y uno. Desde su fundación, Rolex ha depositado más de setecientas patentes, y diseña y fabrica la mayor parte de los componentes de sus relojes en cuatro sedes suizas, a las que se sumará una quinta, actualmente en construcción, prevista para dos mil veintinueve. La marca abarca así todas las etapas del proceso, de la fundición del oro al ensamblaje final, y sostiene un compromiso activo con las artes, el deporte, la exploración y la conservación del planeta.

Cien años después de aquella intuición inicial, la advertencia de Wilsdorf conserva intacta su vigencia: Rolex debía pensar y actuar de manera distinta al resto. El Oyster, en su centenario, no es otra cosa que el cumplimiento obstinado de esa frase.

Fotografías Rolex / Stojan

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