FERNANDA SCHUCH ,
CASA EN PUEBLO MIO
Hay una decisión que antecede a todas las demás y que explica, en cierto modo, cada tramo posterior del proyecto: la de no dejarse ver. La casa se levanta sobre un terreno de 4.500 metros cuadrados frente a un golf, en Pueblo Mío, un barrio privado de Punta del Este donde la mirada ajena circula con la misma naturalidad que el aire, y sus dueños quisieron sustraerse de esa circulación. No se trataba de esconder la casa sino de fundar, entre el jardín propio y las calles internas del barrio, un límite cierto, algo que pudiera tocarse. Ese límite tomó la forma de un muro: piedra del lugar, irregular, tomada con junta seca, que cierra el fondo del predio y que funciona menos como cerco que como frontera entre dos regímenes de intimidad.
La construcción —1.240 metros cuadrados en steel frame sobre cimientos de piedra, techada en madera, con pavimentos que imitan la piedra natural— se despliega en una sola planta, y esa horizontalidad no es un dato técnico sino una forma de estar en el mundo: nada que subir, nada que mirar desde arriba, todo al alcance del mismo paso lento con que se habita una casa de verano. Porque de eso se trata, en el fondo: de una segunda casa, de una casa que sabe que no será habitada en invierno y que por eso mismo puede permitirse la generosidad de sus materiales, la madera, el lino, el bronce, los tonos que no imitan a la naturaleza, sino que provienen de ella.
Adentro, la casa se piensa en dos registros que dialogan sin confundirse. Hay una zona de pavimentos de porcelanato bajo cielorrasos de madera, y hay otra donde el orden se invierte: piso de madera, cielorraso de yeso. Es una casa grande —demasiado grande, quizás, para no correr el riesgo de la solemnidad— y sin embargo Fernanda Schuch decidió que necesitaba un plano de madera en algún punto de su recorrido, una superficie que devolviera al habitante la sensación de estar pisando algo vivo. Esa madera, además, no se detiene en el umbral: los pavimentos se proyectan hacia el exterior, las aberturas se guardan enteras dentro de los muros, y en verano la casa deja de tener adentro y afuera para tener, simplemente, extensión.
El equipamiento atiende ese mismo carácter de segunda casa que se vive esencialmente en verano: tonos naturales, materiales nobles como la madera, el lino, el bronce, muchos objetos y muebles diseñados especialmente. Es un equipamiento sobrio, de líneas contemporáneas, que no busca impresionar sino consagrar la comodidad como valor supremo —la comodidad de quien llega a descansar y no tiene nada que demostrar—. Los revestimientos son todos de madera, y esa continuidad —piso, cielorraso, muro— termina por convertir el interior en una caja forrada de un mismo material noble, cálido incluso cuando el verano se retira.
El ingreso está resuelto con una decisión que pocas casas se permiten hoy: un jardín de invierno que oficia de telón antes del umbral, un espacio cuya única función es demorar el acceso, hacer que quien llega no entre de golpe, sino que atraviese primero algo parecido a la poesía. Ese mismo gesto de demora reaparece en los pasillos, humanizados —la palabra es exacta— por ventanas bajas que los iluminan durante todo el día, de modo que circular por la casa no es nunca un trámite sino una sucesión de pequeñas revelaciones de luz.
El hall funciona como una galería que exhibe obras de arte, antesala en el sentido más literal: sala que antecede, que prepara. Las suites, cinco en total, repiten un mismo esquema salvo una, pensada para los nietos, donde el diseño se permite la diversión que en el resto de la casa se mantiene contenida. La suite principal, en cambio, se independiza por completo: tiene jardín propio y funciona como un departamento aislado dentro de la casa, un refugio dentro del refugio. Sus baños miran hacia el cielo antes que, hacia el jardín, gracias a ventanas diseñadas en el propio cielorraso, de modo que bañarse ahí es también, de algún modo, mirar hacia arriba.
La habitación de huéspedes se separa del resto y se ubica junto al sauna, ambos volcados hacia la laguna, como si la casa hubiera decidido que sus visitantes merecían la mejor vista y la reservara para el final del recorrido, cerca del agua, lejos del ruido social de la casa integrada.
















