Montevideo, la ciudad que se repliega

Habitar menos metros en una promesa que se desvanece

 

En una Montevideo que parece encogerse —en metros, en ambición, en sentido— la vivienda se vuelve espejo de la ciudad: compacta, tensa, obligada a reinventarse. Mientras miles migran hacia el Este buscando aire y horizonte, la capital se fragmenta entre espacios públicos abandonados, movilidad estancada y normativas que intentan resolver con números lo que solo el diseño puede pensar. Este texto explora esa tensión: la ciudad como promesa incumplida y el espacio como última frontera donde aún es posible expandirse.

Montevideo cambia, aunque ese cambio no siempre se deja ver. A veces la ciudad se transforma como se transforma una idea: primero en silencio, luego en la conciencia de quienes la habitan. Desde la Ley 18.795, que creó la Vivienda de Interés Social, la capital ha ido ajustando su escala, como si se replegara sobre sí misma para preguntarse qué significa hoy vivir en ella. Los edificios nuevos, prolijos y repetidos, parecen responder a una misma lógica: menos metros, más función; menos aire, más densidad. Pero detrás de esa economía espacial late una pregunta más profunda: ¿qué es, en definitiva, el espacio?

El espacio no es solo una medida. Es una forma de estar en el mundo. La distancia entre un cuerpo y otro, entre un objeto y una ventana, entre la luz y la sombra. Es también una memoria: la del living amplio de la casa de los abuelos, la del pasillo que resonaba distinto, la del aire que sobraba. Por eso, cuando el espacio se reduce, no solo se achican los metros: se tensiona una cultura, una manera de imaginar la vida.

Mientras la ciudad se contrae hacia adentro, ocurre otro fenómeno en paralelo: la migración silenciosa hacia el Este. Familias, profesionales y jóvenes buscan en la costa extendida —desde Carrasco hasta La Barra— aquello que Montevideo parece haber olvidado: espacio, aire, continuidad, horizonte. No es solo una mudanza: es una declaración. Que la ciudad, tal como está, ya no alcanza. Que sus espacios públicos —antes lugares de encuentro, de paseo, de vida compartida— hoy parecen abandonados, sin plan, sin cuidado, sin esa vocación de hospitalidad que define a las grandes ciudades.

Montevideo se parece demasiado a una promesa incumplida. Una ciudad que alguna vez insinuó un futuro posible —más abierto, más fluido, más generoso— y que hoy parece detenida en un paréntesis. Las plazas se desgastan, las veredas se rompen, los parques se vuelven islas desconectadas. La ciudad se fragmenta, no por falta de metros, sino por falta de sentido. Y en esa fragmentación, la movilidad se vuelve el síntoma más visible. Moverse por Montevideo es, muchas veces, una coreografía de interrupciones: tiempos largos, conexiones débiles, distancias que no dialogan entre sí. La ciudad no fluye; se interrumpe. Y una ciudad que no fluye, no promete.

En este contexto, el proyecto de ley que pretende fijar nuevas dimensiones mínimas para los apartamentos aparece como un intento de ordenar lo que, por naturaleza, es más complejo que un número. La intención es comprensible, pero la arquitectura —esa disciplina que piensa con planos, sí, pero también con intuiciones, con dudas, con silencios— no se deja gobernar por una cifra. El espacio no se dignifica por decreto, como tampoco se vuelve inhabitable por la ausencia de uno. La calidad no está en la cantidad, sino en la forma en que esos metros se organizan, se iluminan, se viven.

Y aquí surge una verdad que Montevideo conoce desde hace décadas: la arquitectura no se decide en el Parlamento, sino en la conversación —a veces áspera, a veces luminosa— entre el arquitecto y el desarrollador. Es en ese diálogo donde se juega la posibilidad de un espacio mejor. El desarrollador define el programa, el presupuesto, el público, la superficie. El arquitecto defiende una ventana, un respiro, un gesto. En esa negociación se define la vida futura de quienes habitarán ese lugar. No imponiendo metros, sino convenciendo de que un espacio bien pensado —aunque no más grande— puede contener más vida.

Los apartamentos VIS condensan esta tensión. Son espacios donde cada función convive con otra: el living es oficina y comedor; la cocina, laboratorio y refugio; el dormitorio, descanso y biblioteca mínima. En estos interiores, el diseño y el equipamiento dejan de ser accesorios para convertirse en la estructura invisible que sostiene la vida. Un mueble que se pliega, una superficie que se extiende, un rincón que respira: cada gesto es una forma de resistencia, una afirmación de que la vida puede expandirse incluso cuando el espacio no lo hace.

La tendencia global hacia lo compacto encuentra en Montevideo un terreno particular. Aquí persiste la memoria del espacio generoso, del aire que sobraba, de la casa que respiraba. El diseño contemporáneo debe entonces negociar entre esa nostalgia y la realidad normativa, entre lo que fuimos y lo que estamos siendo. No se trata de renunciar a la calidad, sino de redefinirla desde adentro, desde la experiencia íntima del habitar.

El espacio no es un contenedor: es una forma de conciencia. La manera en que la ciudad nos piensa mientras la pensamos. Habitar menos metros no significa habitar menos vida. A veces, incluso, significa habitarla con más atención, con más intención, con más presencia. Montevideo no necesita más metros: necesita más sentido. Y cuando el diseño escucha antes de imponer, cuando la arquitectura vuelve a ser un acto de hospitalidad, la ciudad —incluso esta ciudad— vuelve a abrirse.

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Por Diego Flores

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