CARMELA PIÑÓN EN EL MAPI

JEIKE AL MONTE NATIVO

Por Juan Carlos Areoso Usher

Aunque “jeike” no figura como término autónomo en el guaraní ni posee un significado ancestral documentado, la artista lo adopta como metáfora de cruce y umbral. En su uso rioplatense, la palabra surge de la oralidad urbana —una deformación fonética de “hey, qué…”—, pero en la obra de Carmela Piñón se reescribe como gesto simbólico: una invitación a adentrarse en el monte nativo, a atravesar la frontera entre la ciudad y el territorio vegetal. La potencia del título reside justamente en esa operación poética: tomar una palabra mutante y cargarla de memoria, territorio y deseo de reconexión.

Hay exposiciones que uno recorre y hay otras que, sin proponérselo del todo, nos detienen. Jeike al Monte Nativo, de Carmela Piñón, pertenece a esa segunda categoría. No sentí, al entrar, que estuviera simplemente frente a una experiencia inmersiva, aunque el sonido de los pájaros y la disposición del espacio colaboraran con esa percepción. Lo que me ocurrió fue más íntimo y profundo: cada obra me transportó. Como si la pintura abriera una suerte de túnel del tiempo y me condujera hacia un lugar anterior, silencioso, casi secreto, donde el monte nativo dejaba de ser paisaje para convertirse en estado interior.

En la primera sala, con sus paredes de un verde oscuro que ya predisponen a otra temperatura de la mirada, las obras no aparecen como ventanas hacia la naturaleza, sino como umbrales. Recuerdo especialmente una pintura donde unas piedras emergen en el agua. Allí, la manera de capturar el reflejo, la materia, la humedad y la vibración de los colores no remite solamente a un lugar: remite a una emoción. Hay algo en esa obra que no se mira desde afuera; se siente. La pintura no describe el monte, lo invoca. Y en esa invocación uno se ve llevado a una contemplación que no es pasiva, sino profundamente afectiva. Algo semejante ocurre con el tríptico de tono más invernal, donde la atmósfera parece cerrarse sobre sí misma. La imagen conserva una carga de nostalgia muy fuerte. No se trata únicamente de árboles, ramas o sombras; se trata de una densidad del tiempo. Muchos montes nativos, cuando uno entra en ellos, tienen algo de caverna, de refugio, de cueva vegetal. En algunos casi no entra la luz; en otros aparece una transparencia mínima, una respiración hacia el exterior. Piñón parece comprender esa condición ambigua: el monte como protección y como misterio, como encierro y como pasaje, como oscuridad y como memoria.

Tal vez por eso sorprende saber que la artista nació en 1985. Hay en su obra una madurez que no depende de la edad biográfica. Al mirar esas pinturas, uno podría imaginar detrás de ellas a alguien con muchos años de contemplación acumulada, con una relación antigua con el silencio y con la materia. Carmela Piñón parece poseer algo así como un alma vieja en un cuerpo joven: una sensibilidad capaz de detenerse donde otros pasarían de largo, de escuchar donde otros solo verían vegetación, de encontrar tiempo donde el mundo actual solo reconoce velocidad.

Esa relación con el tiempo es, para mí, una de las claves más hondas de su trabajo. Piñón pinta desde una temporalidad interna detenida. No hay prisa en su mirada. La obra parece nacer de una quietud mental desde la cual la emoción empieza a fluir. Y es allí donde la pintura alcanza su fuerza: no en la reproducción de lo visible, sino en la captura de una esencia. Lo que aparece en sus telas no es solamente el monte nativo del Uruguay, sino el modo en que ese monte se inscribe en la memoria sensible de quien lo atraviesa.

 

El árbol se pinta con el árbol

En otra sala, esa relación entre materia, árbol y origen adquiere una dimensión todavía más radical. La artista recoge ramas, las quema, las transforma en carbón, en carbonilla, y con ese mismo material dibuja el árbol. Es decir: pinta el árbol con el árbol. Hay en ese gesto una potencia simbólica enorme. No se vale de un material externo para representar la naturaleza, sino que convierte un resto del propio monte en instrumento de aparición. El árbol, atravesado por el fuego, vuelve como trazo. Lo que fue rama se vuelve línea; lo que fue materia viva se transforma en memoria gráfica. La carbonilla no es entonces solo técnica: es presencia, residuo, duelo, continuidad. Esa obra expandida, donde el árbol aparece en un conjunto poliédrico y luego continúa sobre las paredes, amplía todavía más la experiencia. El árbol ya no queda contenido dentro del soporte. Se desplaza, se ramifica, insiste. Como si la vida no aceptara permanecer encerrada en el cuadro. Como si el árbol de la vida siguiera avanzando más allá de toda delimitación, prolongándose en otras generaciones, en otras superficies, en otras formas de memoria.

Pensé entonces en Schopenhauer, en la voluntad, en el deseo, en esa condición incompleta del ser humano que busca sin terminar nunca de completarse. Frente a estas obras, sin embargo, algo de esa voluntad parece suspenderse. La contemplación produce una tregua. Por un instante, el sujeto deja de perseguir, de desear, de dominar, y simplemente permanece. El monte, en la pintura de Piñón, no se ofrece como objeto de conquista visual, sino como posibilidad de recogimiento. Nos saca del ruido de la voluntad y nos instala en un tiempo más lento, más esencial, casi anterior a nosotros mismos. Por eso, más que una muestra sobre el monte nativo, Jeike al Monte Nativo es una experiencia sobre la pertenencia. Nos recuerda que la naturaleza no está fuera de nosotros, ni delante de nosotros, como algo disponible para ser contemplado o usado. Está en nosotros, nos antecede y nos excede. Piñón parece saberlo desde un lugar íntimo. Su pintura no impone un discurso: deja que la materia, el agua, la piedra, la rama, el musgo y la sombra hablen desde su propia densidad. Y allí radica, quizás, la mayor fuerza de esta artista: en su capacidad de detener el tiempo para que algo esencial pueda aparecer.

Carmela Piñón no pinta el monte como paisaje. Lo pinta como memoria viva, como emoción detenida, como túnel hacia un tiempo donde el hombre, incompleto y deseante, puede por un momento callar, mirar y sentirse parte de una trama mayor.

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