Un apartamento en Cordón que interpreta la vida flexible de un usuario joven, articulando trabajo, pausa y expresión personal en una espacialidad continua, cálida y sensorial.
Hay formas de habitar que no admiten rigidez. Vidas atravesadas por la movilidad, por la superposición de usos, por la necesidad de encontrar, en un mismo espacio, productividad y pausa. El proyecto concebido por Cecilia Duque, directora de Estudio Puente, se inscribe en ese territorio: el de un cliente joven, menor de 35 años, cuya rutina combina trabajo remoto, momentos de introspección y una relación intensa con lo sensorial.
Amante del café y la música, el apartamento debía responder a esa dualidad sin fragmentarse. Más que dividir funciones, la propuesta construye un refugio contemporáneo donde cada elemento asume un rol preciso, no solo desde lo funcional, sino también desde lo expresivo. Ubicado en una de las recientes construcciones del barrio Cordón, en Montevideo, el proyecto traduce esa forma de vida en una espacialidad abierta, fluida y deliberadamente contenida.
Proceso de diseño
El punto de partida es la comprensión de una rutina flexible. Jornadas de trabajo desde casa, pausas ritualizadas en torno al café y momentos donde la música opera como desconexión y, al mismo tiempo, como estímulo creativo. A partir de esa lectura, se plantea una organización sin jerarquías rígidas: el área social, la cocina y el espacio de trabajo conviven en continuidad, articulados por una materialidad que unifica. La madera —presente como dominante— aporta calidez y construye una base constante sobre la cual se organizan los distintos usos. La iluminación, cuidadosamente integrada, no solo resuelve lo técnico: modela la atmósfera, acompaña los ritmos del día y subraya zonas de permanencia.
En este escenario, los objetos de diseño adquieren un rol decisivo. No aparecen como acumulación, sino como piezas seleccionadas con precisión, capaces de aportar identidad sin saturar. En el área social, la luminaria colgante, el mobiliario a medida y los textiles construyen una escena equilibrada, donde cada elemento encuentra su lugar. El sofá —resuelto a medida en lino 100% natural, en un tono mostaza— introduce un gesto inesperado: una elección audaz que tensiona los códigos tradicionales asociados a lo masculino y, al mismo tiempo, define el carácter del espacio.
El sector vinculado a la música se consolida como uno de los puntos focales del proyecto. Las guitarras, exhibidas dentro de cajas acrílicas, trascienden su condición de instrumento para convertirse en objetos de contemplación. Junto al amplificador y una butaca icónica, configuran un pequeño paisaje doméstico donde el uso y la puesta en escena se superponen. Aquí, la música no es fondo: es presencia.
En los espacios privados, la continuidad material refuerza la idea de refugio. El papel tapiz que envuelve el dormitorio, el espejo de gran formato y la selección de textiles amplifican la percepción del espacio y construyen una atmósfera serena, casi introspectiva, donde el descanso se vuelve experiencia.
El proyecto
El resultado es un apartamento que no se limita a resolver funciones, sino que interpreta una forma de vida. Un espacio donde trabajo, ocio y expresión personal conviven sin fricción, sostenidos por una lógica proyectual que privilegia la coherencia antes que el gesto aislado. Más que imponer una estética, el proyecto construye identidad a partir de la curaduría: materiales, objetos y decisiones que, en conjunto, configuran un relato. En ese equilibrio —entre lo práctico y lo sensible, entre lo cotidiano y lo íntimo— reside su valor. Porque aquí el diseño no aparece como declaración, sino como herramienta silenciosa: una forma de mejorar la experiencia diaria y, en última instancia, de habitarse a uno mismo.

Fotografía : Nico Di Trápani




