Transparente, preciso y sin estridencias, este pent house en Carrasco reconfigura la idea de habitar en altura. El trabajo de Juan Carlos Areoso Usher y Sebastián Barbosa transforma la estructura, la planta y la atmósfera en una experiencia continua con el paisaje.
Hay apartamentos que se dejan describir. Y hay otros —más raros, más esquivos— que obligan a ser narrados. Este pent house pertenece, sin dudas, a la segunda especie. Desde el primer momento se impone una certeza: no se parece a ningún otro. No es una cuestión de estilo, ni siquiera de escala, sino de una condición más profunda, casi física. La transparencia lo gobierna todo. El perímetro, íntegramente vidriado de piso a techo, disuelve los límites y convierte al apartamento en una suerte de mirador continuo, suspendido sobre el paisaje. Estamos frente a las canchas que anuncian el Puente de Carrasco, pero la percepción es inestable, deliberadamente ambigua: por momentos, el horizonte podría pertenecer a la ribera de un río en la Provenza; por otros, a un parque neoyorquino en otoño.
“El paisaje no entra: ya estaba adentro.”
Nada aquí busca imponerse con estridencia. La atmósfera —impregnada de un espíritu mid century reinterpretado— se construye en voz baja, con una sobriedad que evita el gesto enfático. Todo parece haber sido pensado con una precisión casi silenciosa: se percibe, pero no se exhibe.
La planta como decisión
Intervenir en obra no fue una opción, sino una necesidad. La última planta permitió liberar la estructura y reescribir la distribución desde cero. El recorrido comienza en un pallier abierto que organiza, con naturalidad, la circulación. Hacia la derecha, el área social se despliega sin interrupciones; hacia la izquierda, un pequeño refugio para la lectura introduce una pausa antes de conducir al comedor diario y la cocina, que se enlazan en una secuencia fluida, casi circular, hasta reconectar nuevamente con el espacio principal. En eje, un corredor breve y contenido ordena lo privado: primero el baño social, luego las dos suites.
Pero si el espacio hoy parece inevitable —como si no pudiera haber sido de otra manera—es porque hubo una decisión inicial que lo cambió todo. Cuando los propietarios convocaron a Juan Carlos Areoso Usher y Sebastián Barbosa, el edificio aún estaba en obra. La planta original no los convencía. Bastó una visita para entender que había que intervenir en la estructura. Y así lo hicieron. Liberados por la condición privilegiada de la última planta, imaginaron una nueva distribución. El resultado no fue una corrección, sino una reinvención.
“Una planta libre no es ausencia de límites, sino inteligencia en su construcción.”
Habitar en relación
La sintonía entre los habitantes y los diseñadores habilitó un proyecto donde la vida cotidiana se vuelve materia de diseño. A esa circunstancia excepcional se sumó otra, menos visible pero igual de decisiva: la relación entre quienes proyectan y quienes habitan. Hubo, entre ambos, una confianza poco frecuente, una proximidad que permitió que los ritmos de la vida diaria se filtraran en el proyecto. Es en esos detalles, muchas veces imperceptibles, donde el espacio encuentra su verdadera densidad. La vida social, por ejemplo, ocupa un lugar central. Los encuentros son frecuentes, casi rituales. Y el espacio responde a esa vocación.
Escena social
El living y el comedor se organizan como un único territorio abierto, pensado para la conversación y el encuentro. El área social se apoya apenas en dos planos que estructuran la escena; el resto es apertura. Los ventanales recorren todo el perímetro, interrumpidos solo lo necesario para alojar el hogar, ubicado estratégicamente frente al sector de diálogo. Allí, una gran rinconera diseñada por Juan Carlos Areoso Usher establece el centro gravitacional del espacio. Frente a ella, dos mesas con tapas de silestone, desplazadas en altura, introducen un ritmo leve, casi imperceptible.
“Todo está diseñado. Nada lo parece.”
La pared de respaldo, en tono tierra —Molde de Arcilla—, sostiene la composición con una calidez serena, en diálogo con los grises de la tapicería. Sobre ella, un tríptico de Juan Carlos Areoso Usher aporta tensión y profundidad.
La otra pared —la que contiene el acceso— delimita territorios sin imponerlos. Revestida en varillas circulares de roble dispuestas verticalmente, introduce una cadencia que remite, sin nostalgia, al mid century americano que Juan Carlos Areoso Usher y Sebastián Barbosa reinterpretan con precisión contemporánea.
El comedor se resuelve como una extensión natural de ese plano. Una mesa diseñada a medida nace en la pared, se prolonga y asume distintos roles: superficie de apoyo, lugar de trabajo, antesala del encuentro. Sobre ella, una luminaria de Tom Dixon —seleccionada en Mad For Modern— desciende con precisión, marcando el centro de la escena y aportando una nota de brillo contenido que dialoga con la sobriedad del conjunto. El recorrido culmina en un mueble que integra los refrigeradores y anticipa, sin rupturas, el ingreso a la cocina.
Continuidad doméstica
Cocina, comedor diario y barbacoa construyen una secuencia fluida donde el uso define el espacio. Y la cocina —que a primera vista podría parecer contenida— revela pronto su verdadera dimensión. Se despliega en profundidad, incorpora una barbacoa y confirma que aquí, como en todo el apartamento, las apariencias son apenas el inicio. La carpintería, concebida como un traje a medida por Juan Carlos Areoso Usher y Sebastián Barbosa, refuerza esa idea de continuidad. El comedor diario, por su parte, introduce un gesto preciso: una cubierta móvil que se abre electrónicamente y transforma el espacio, volviéndolo abierto o semicubierto según la ocasión. Hacia las terrazas, la escena se expande en una serie de pequeños livings: butacas de Naterial organizan islas de permanencia donde la contemplación deja de ser una intención para volverse inevitable. La transparencia, una vez más, termina de hacer lo suyo.
“La arquitectura, cuando es precisa, no se impone: se retira.”
Quizás sea esa, en definitiva, la clave de este lugar: no tanto lo que muestra, sino cómo lo hace. Nada busca deslumbrar. Todo, en cambio, parece haber sido pensado para durar en la mirada, para revelarse de a poco, como esos paisajes que no se agotan en una primera impresión. Aquí, vivir es también aprender a mirar.
LAS OBRAS DE ARTE
Las obras de arte, pinturas, que participan del proyecto son obras de Juan Carlos Areoso Usher, que en esa suerte de desdoblamiento emocional también atiende el flanco. Entre ellas figuran algunas que corresponden a etapas anteriores de su producción, como la que encontramos al ingresar al apartamento, donde el gesto puntillista sorprende al generar un dialogo vital con la vista hacia la arboleda del gran parque al que enfrenta el apartamento. Otras, como el tríptico que se integra al living, provoca un dialogo espontáneo con el espíritu de los habitantes. De alguna manera, la elección de las obras, a cargo de los habitantes, supone un vínculo directo con la atmósfera generada por Areoso Usher y Barbosa, todo se integra con asombrosa naturalidad, todo parece vinculado espontáneamente entre sí.

Por Juan Carlos Areoso Usher
Arquitectura Sebastián Barbosa
Fotografías Nico di Trápani



