por Diego Flores
Cumplir cuarenta años no es, para una galería de arte, un gesto meramente celebratorio: es una toma de posición frente al tiempo. Galería Sur llega a esa edad simbólica —en la que las instituciones suelen acomodarse en la nostalgia o refugiarse en la repetición— con una saludable obstinación: insistir. Insistir en el arte nacional y latinoamericano, insistir en la calidad antes que en la moda, insistir, sobre todo, en una idea del arte como una conversación prolongada, exigente y apasionada, que se sostiene a lo largo de los años y no se agota en la coyuntura.
La temporada se abrió con Sintonías Latinoamericanas, un título que funciona menos como consigna que como declaración de principios. Allí, las obras parecían hablar entre sí a través de décadas, territorios y lenguajes diversos: Wifredo Lam dialogando con Joaquín Torres García; Barradas y Figari como memorias vivas del Río de la Plata; Matta, Pettoruti, Berni, Reverón y Siqueiros desplegando esa modernidad latinoamericana que nunca fue una copia obediente, sino una invención tensa, polémica y original. A ese entramado se sumaron voces fundamentales del arte uruguayo —Gurvich, María Freire, Amalia Nieto, Amalia Polleri, Hilda López, José Pedro Costigliolo, Miguel Ángel Pareja, Víctor Magariños D., Carmelo Arden Quin— junto a presencias que expanden el mapa hacia otros registros y generaciones: Alfredo Hlito, Julio Le Parc, Martín Chambi, Mario Cravo Neto, Margaret Whyte, Pablo Atchugarry, Ignacio Iturria, Eduardo Cardozo, Marcelo Legrand, Sebastián Sáez y Diego Villalba. Más que una exposición, fue un sistema de resonancias, una demostración palpable de que el arte latinoamericano no se explica por genealogías lineales, sino por afinidades secretas y persistentes.
En la segunda quincena de enero, Galería Sur afinó aún más el foco con la presentación de Carlos Dell’Agostino, también conocido como Kirin. Nacido en Bahía Blanca en 1953 y formado fuera de los márgenes académicos, Dell’Agostino —o Kirin, como una identidad paralela que no desmiente sino que amplía a la primera— encarna una figura cada vez más infrecuente: la del artista que hace de la curiosidad su método y de la deriva, su sistema. Desde su primera exposición en 1978 hasta su consolidación en Buenos Aires, ciudad donde vive desde 1981, su obra ha transitado con naturalidad entre la pintura, la escultura, el objeto y el collage, sin reconocer fronteras disciplinarias ni jerarquías estables.
No es casual la elección de ese nombre. En la mitología oriental, el kirin —o qilin en la tradición china— es una criatura excepcional, un híbrido improbable de dragón y ciervo, símbolo de buena fortuna, prosperidad y justicia. Su aparición nunca es arbitraria: anuncia la llegada de un sabio o la posibilidad de un tiempo más justo. En Japón, esa figura adquiere un aura de serenidad y equilibrio, como si su sola presencia bastara para aquietar el mundo. En la obra de Kirin late esa misma condición anfibia —entre disciplinas, entre lenguajes, entre lo visual y lo sonoro— y también una ambición silenciosa de armonía, una voluntad de introducir, en medio del ruido contemporáneo, una forma singular de orden sensible.
Hay en su producción, además, un gesto que desestabiliza la primacía de la mirada: la incorporación del sonido. Kirin construye instrumentos musicales inventados, artefactos que no solo se observan sino que se escuchan, como si la obra reclamara otro tiempo, menos inmediato y más corporal. Esa deriva experimental convive con una reflexión literaria que se materializa en libros como Los ángeles son las moscas del paraíso, publicado en 1999, donde collages y textos dialogan con la misma libertad con la que su obra se despliega en el espacio.
Sus exposiciones en galerías de Argentina y del exterior, así como su presencia en ferias como ARCO, arteBA y Art Basel —en Hong Kong y en Miami Beach—, confirman una trayectoria sólida, reconocible. Sin embargo, lo esencial ocurre en otro plano, menos visible y más persistente: en la negativa a instalarse cómodamente en una forma, en la conciencia de que el arte, cuando es verdadero, nunca se da por concluido.
Celebrar cuarenta años, en este contexto, no significa mirar hacia atrás con complacencia, sino reafirmar una manera de estar en el mundo. Galería Sur ha hecho del tiempo su aliado y no su enemigo, y de la continuidad, una forma de resistencia. En una época dominada por la prisa, el ruido y la fugacidad, la galería propone otra ética: la de la permanencia, la de la atención demorada, la de la fe en que ciertas obras —como ciertos espacios— no se agotan en la mirada inmediata, sino que reclaman ser habitadas. Y es en esa demora, en ese acto casi subversivo de quedarse, donde el arte vuelve a cumplir su promesa más antigua: ofrecernos, aunque sea por un instante, la ilusión necesaria de un orden posible para la experiencia humana.
Fotografías Galeria Sur





















