WTC Free Zone Punta del Este. Kimelman Moraes

La inauguración de la Torre WTC en Punta del Este no es un hecho aislado ni un simple episodio inmobiliario. Es, más bien, un signo de época. Un gesto que habla tanto del presente como de las aspiraciones —y contradicciones— de una ciudad que desde hace décadas ensaya su identidad entre el balneario hedonista, el refugio elegante y el laboratorio donde se ensayan nuevas formas de habitar el mundo contemporáneo.

Punta del Este ha aprendido a convivir con la idea de la excepcionalidad. Nació como promesa de descanso y terminó convirtiéndose en escenario de proyección internacional, en un territorio donde lo local dialoga —a veces en armonía, a veces con fricción— con los flujos globales de capital, de cultura y de estilo de vida. En ese entramado, la Torre WTC irrumpe como un artefacto simbólico: no solo alberga oficinas, servicios y espacios de trabajo, sino que introduce una noción distinta del tiempo y del uso del espacio en una ciudad históricamente asociada al ocio.

El World Trade Center, emprendimiento del Estudio Lecueder a cargo del Estudio Kimelman Moraes,  trae consigo una ética del hacer, del producir, del pensar en clave de continuidad. Allí donde antes predominaba la temporalidad breve del verano, se instala ahora la lógica del año entero, del trabajo que no se detiene, de la ciudad que ya no se vacía cuando baja el sol de marzo. La torre se yergue como un faro moderno que anuncia que Punta del Este ha dejado de ser únicamente un destino para convertirse también en un nodo.

Desde el punto de vista arquitectónico, el edificio asume una sobriedad consciente. No busca el gesto grandilocuente ni la estridencia formal; su presencia es firme, casi silenciosa, como si entendiera que en un paisaje tan cargado de imágenes el verdadero lujo es la mesura. El vidrio, el acero, las líneas precisas dialogan con el horizonte y con la luz cambiante del Este, esa luz que todo lo revela y todo lo juzga.

Pero más allá de su materialidad, la Torre WTC representa una mutación cultural. Es el síntoma de una sociedad que ya no concibe la separación tajante entre vivir y trabajar, entre producir y contemplar. En sus espacios se cruzan emprendedores, profesionales, inversores y creativos que eligen este confín del sur no como evasión, sino como plataforma. Punta del Este deja de ser, así, un paréntesis para convertirse en una frase completa.

La inauguración de esta torre confirma que el balneario ha ingresado definitivamente en la conversación de las ciudades que aspiran a pensarse a sí mismas en clave global, sin renunciar —al menos en el mejor de los escenarios— a su escala humana ni a su vínculo con el paisaje. Como toda transformación profunda, genera entusiasmo y reservas, promesas y preguntas. Pero es justamente en esa tensión donde las ciudades se reinventan.

La Torre WTC no inaugura solo un edificio: inaugura una etapa. Y como toda etapa nueva, abre un relato que todavía está escribiéndose, entre el mar y el vidrio, entre la memoria del descanso y la pulsión del futuro.

 

Fotografías Nico di Trápani

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