Torre de los panoramas. Diego Montero

 

Se la nombra, con afecto y cierta picardía local, la Torre del Pepe. El apodo nace de su emplazamiento, frente a la playa que recoge las aguas de la laguna de José Ignacio, y de la memoria viva de aquel pescador histórico que dio carácter al lugar. Pero reducirla a esa anécdota sería perder de vista lo esencial. Porque el gesto del arquitecto Diego Montero, al levantar esta torre con materiales rescatados de su propio depósito —sobrantes de obras anteriores, fragmentos de otras historias constructivas— trasciende con holgura lo meramente formal y se instala en un territorio más profundo: el del sentido.

 

Nada hay aquí de improvisación ni de nostalgia vacía. La torre se eleva como una declaración silenciosa, austera y reflexiva. En su base, una posada, un pequeño bistró y una sala multiuso completan el conjunto y le otorgan vida cotidiana. No es un objeto aislado ni una extravagancia paisajística: es un lugar que se habita, que convoca, que propone quedarse. Y en ese quedarse, inevitablemente, pensar. Así, casi sin proclamarlo, la Torre del Pepe comienza a consolidarse como la nueva Torre de los Panoramas local.

La referencia no es casual ni caprichosa. La Torre de los Panoramas original, enclavada en la Ciudad Vieja de Montevideo, fue mucho más que una residencia. Allí vivió Julio Herrera y Reissig entre 1901 y 1907, y allí convirtió un mirador en azotea en uno de los epicentros culturales más intensos del Uruguay de comienzos del siglo XX. En ese espacio, elevado y deliberadamente apartado del ruido inmediato, se discutía poesía, narrativa, ensayo y crítica literaria. Se debatían las ideas del momento con fervor, con rigor, con la convicción de que la palabra podía —y debía— intervenir en la realidad.

Aquel edificio de dos niveles, luego reformado con ornamentos art déco, con su balcón de hierro forjado y su mirador emblemático, fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1975. Restaurado en los años ochenta, conserva hasta hoy un profundo valor evocativo. No solo por su arquitectura, sino por lo que allí ocurrió. Como señaló el profesor Pivel Devoto, la casa está indisolublemente unida a la irrupción y el esplendor del modernismo en el Uruguay. Fue, junto con el Consistorio del Gay Saber, uno de los grandes cenáculos donde se forjó una parte decisiva de nuestra cultura.

La torre de Diego Montero dialoga con esa tradición sin copiarla. No la imita; la interpreta. También aquí la altura no es un gesto de dominio sino de distancia crítica. También aquí el espacio invita al intercambio de ideas, al encuentro pausado, a la conversación que se despliega sin prisa. En tiempos dominados por la inmediatez, por la opinión fugaz y el ruido constante, levantar una torre que convoque a la reflexión es un acto casi contracultural.

Por eso esta obra no se agota en su silueta ni en la noble precariedad de sus materiales reciclados. Es, como lo fue aquella torre montevideana, una arquitectura que propone una manera de estar en el mundo. Un lugar donde mirar el horizonte —sea urbano o natural— y, desde allí, pensar mejor lo que somos. En ese gesto reside su verdadera fuerza y su inesperada actualidad.

Fotografías exteriores Nico di Trápani

Fotografías interiores Estudio Montero

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