El recuerdo de un primer encuentro correcto, sin sobresaltos ni promesas incumplidas, pero también sin esa vibración íntima que separa a un simple medio de transporte de un verdadero objeto de deseo. Así llegué —otra vez— al Omoda 5, aunque esta vez la escena era distinta, casi irreconocible. Como si el coche hubiese crecido en silencio mientras nosotros mirábamos hacia otro lado.
El Omoda 5 SHS-H Premium 2026 no pide indulgencia ni explica su procedencia. Se presenta con una serenidad que delata experiencia, como quien ya no necesita demostrar que pertenece a la conversación. Hay en él una madurez técnica poco habitual para una marca que, hasta hace nada, era una nota al pie en el paisaje europeo. Pero el tiempo —y la velocidad con que avanza la industria china— juega aquí a favor del protagonista. Bajo su piel trabaja una alianza que no busca épica, sino eficacia. Un corazón térmico de 1,5 litros convive con un impulso eléctrico decidido, y juntos entregan una respuesta plena, constante, siempre disponible. No hay dramatismo mecánico ni ruido innecesario: la potencia aparece cuando se la convoca y se repliega con educación cuando no hace falta. El conjunto mueve con naturalidad un cuerpo que supera la tonelada y media, y lo hace con un apetito sorprendentemente moderado. Economía, sí, pero entendida como inteligencia, no como renuncia. La gestión de esta energía híbrida es discreta, casi elegante. El paso de un modo a otro se da sin anuncio previo, sin que el conductor tenga que interpretar qué está ocurriendo bajo sus pies. Todo sucede, simplemente, como debería.
Hubo un tiempo en que el Omoda 5 parecía querer decirlo todo a la vez. Hoy habla menos, pero dice más. El frontal conserva carácter, aunque ahora lo expresa con mesura; la iluminación recorta su silueta con identidad propia y el perfil fluye con una caída suave que evita el gesto impostado. No es un coche tímido, pero tampoco estridente. Ha aprendido que la personalidad no se impone: se sostiene. En la parte trasera, una línea luminosa cose el conjunto de extremo a extremo, como una firma continua. Algunos detalles decorativos sobran, otros aciertan, pero el balance final es el de un SUV que ha encontrado su tono. No pretende parecer otra cosa. Y eso, en diseño, es una virtud mayor.
Al abrir la puerta, la sorpresa no es inmediata, sino progresiva. Primero llega la sensación de orden, luego la de coherencia y, finalmente, la de calidad. Los asientos abrazan sin oprimir, el volante se ofrece familiar y los mandos —todavía físicos donde importa— recuerdan que la ergonomía sigue siendo una ciencia y no una moda. Dos grandes pantallas dominan el tablero, pero no lo tiranizan. Informan, conectan, responden con rapidez. Todo está donde uno espera que esté. Los materiales acompañan con honestidad, suaves al tacto en las zonas clave, bien ensamblados, sin ruidos ni desajustes. Solo algún brillo innecesario rompe una armonía que, por lo demás, resulta sorprendentemente lograda. Es en movimiento donde este Omoda termina de explicarse. La marcha es aplomada, segura, casi serena. El peso extra de la electrificación no penaliza; al contrario, ancla el coche al suelo y mejora su paso por curva. No invita a atacar, pero tampoco se amilana si se le exige un poco más de lo habitual. El silencio a bordo está bien trabajado, la suspensión filtra sin anestesiar y la dirección —su punto menos inspirado— prioriza la comodidad antes que el diálogo. No es un coche para discutir con la carretera, sino para recorrerla con tranquilidad. Y en ese papel cumple con nota. Las plazas traseras revelan un ejercicio de aprovechamiento notable: adultos altos viajan con soltura, sin quejas de rodillas ni de cabeza. Hay aire, luz y una sensación de amplitud poco frecuente en su segmento. El acceso es fácil, la habitabilidad honesta. El maletero, sin embargo, rompe el hechizo. Correcto, pero escaso. Es la concesión más evidente de un coche que, por lo demás, parece haber resuelto casi todos sus deberes.
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