Habitar lo justo

Entre la densidad urbana, la reducción de los espacios y el deseo persistente de
amplitud, la arquitectura contemporánea enfrenta una pregunta esencial: no
cuánto se construye, sino cómo se vive.
Hay épocas en las que el modo de habitar revela con mayor precisión que cualquier
discurso el espíritu de una sociedad. La nuestra es una de ellas. Vivimos en espacios
cada vez más definidos, medidos al milímetro, diseñados para cumplir funciones
exactas en tiempos exactos. Nada parece librado al azar y, sin embargo, algo se
pierde en esa precisión: la holgura, la demora, la posibilidad de una relación menos
utilitaria con el lugar que se ocupa.
La vida contemporánea transcurre en interiores ajustados, atravesados por rutinas
superpuestas y una persistente sensación de provisionalidad. El hogar ya no es
necesariamente un refugio, sino una plataforma desde la cual se entra y se sale, se
trabaja, se descansa a medias, se observa el mundo a través de una pantalla. Todo
ocurre en el mismo rectángulo cuidadosamente diseñado. La arquitectura acompaña
—y en ocasiones acelera— este proceso, transformando el espacio doméstico en un
engranaje más de la vida productiva.
Durante buena parte del siglo XX, la arquitectura latinoamericana soñó con la
amplitud. Grandes gestos, horizontes abiertos, una confianza casi épica en que el
espacio podía modelar al ciudadano. Hoy, en cambio, el proyecto parece invertirse.
Los edificios se multiplican, las plantas se reducen, las funciones se condensan. El
ideal ya no es la expansión, sino la eficiencia. No se vive en metros: se vive en
diagramas.
En el Río de la Plata, y particularmente en Montevideo y Punta del Este, este
fenómeno adquiere una forma elocuente. La consolidación del edificio de
apartamentos redefine no sólo el perfil urbano, sino también las maneras de vivir.
Cocinas que ya no invitan a cocinar, livings pensados más para el tránsito que para la
conversación, dormitorios concebidos como cápsulas de descanso. El paisaje
—cuando aparece— entra por grandes ventanales, convertido muchas veces en
imagen antes que en experiencia.
Punta del Este, en particular, funciona como un laboratorio extremo de esta lógica. Allí
la densidad convive con la promesa de libertad. Se venden vistas al mar como quien
ofrece una forma de redención, mientras la vida cotidiana se organiza en superficies
mínimas, pensadas para una presencia intermitente. El apartamento se vuelve objeto
financiero antes que lugar habitado. Importa menos cómo se vive que cuánto rinde. La
arquitectura, en ese contexto, corre el riesgo de convertirse en un decorado eficaz,
pulcro, silencioso, pero sin relato.
Sería injusto, sin embargo, leer este escenario sólo en clave de pérdida. En esta
nueva forma de proyectar también hay una conciencia distinta del uso, una atención

más fina a los gestos cotidianos. Algunos arquitectos entienden que diseñar hoy no es
acumular espacio, sino otorgarle sentido: pensar recorridos, transiciones, pausas.
Asumir que el verdadero lujo no reside en la cantidad, sino en la calidad de la
experiencia.
La pregunta, entonces, deja de ser técnica para volverse cultural. ¿Qué tipo de vida
promueven los espacios que estamos construyendo? ¿Qué hábitos, qué vínculos, qué
formas de estar juntos nacen de estas plantas ajustadas, de estas torres que crecen
sin un relato común? La ciudad no es un telón de fondo: es una estructura sensible
que moldea comportamientos, deseos y frustraciones.
Tal vez haya llegado el momento de volver a pensar el acto de habitar como una forma
de resistencia silenciosa. No contra la ciudad ni contra el tiempo que nos toca vivir,
sino contra la tentación de reducirlo todo a función, rendimiento y superficie útil.
Habitar no es ocupar: es demorarse, establecer vínculos invisibles, permitir que el
espacio nos afecte tanto como nosotros a él.
La arquitectura —cuando es algo más que técnica y mercado— conserva aún la
capacidad de proponer una pausa. Un intervalo. Un gesto mínimo que devuelva
espesor a la vida cotidiana. Un umbral que invite a quedarse, una proporción que
calme, una ventana que no sea sólo vista sino promesa.
En ciudades como Montevideo, en territorios como Punta del Este, donde el paisaje
insiste en recordarnos la vastedad, la verdadera pregunta no es cuánto podemos
construir, sino cómo queremos vivir dentro de lo construido. Porque el espacio que
diseñamos hoy será, mañana, la medida exacta de nuestras costumbres, de nuestras
conversaciones, de nuestros silencios.
Y quizás allí resida el desafío más hondo de la arquitectura contemporánea: no en
inventar nuevas formas, sino en volver a crear lugares donde la vida —esa materia
frágil, imprevisible— todavía pueda expandirse.

 

Por Diego Flores

Fotos Marcos Guiponi

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