El destello que alcanza la forma. ROSSANA GLUSBERG

por Diego Flores

 

Hay personas cuya presencia se anuncia primero en la mirada, como si los ojos llegaran antes que el cuerpo, tantearan el aire, lo interrogaran con una curiosidad invencible. Rossana Margarita Glusberg es una de ellas. Alta, de un físico que se impone recién después de que esa mirada —inquieta, móvil, casi infantil en su asombro— ha hecho su trabajo de abrir la puerta. No es inquisitiva; no juzga ni escarba. Observa. Se deja afectar. Mira el mundo como si cada vez fuera la primera, como si la vida todavía la sorprendiera con el milagro de lo desconocido.

Llega acompañada por Yejiel, su esposo. Nunca conocí otro Yejiel, y quizá por eso este se instala enseguida en la memoria: sereno, atento, con esa calma imperturbable que parece heredarse de las estepas rusas, igual que ella. Juntos funcionan como un engranaje perfecto, dos mitades que no compiten, sino que se completan. Una pareja en el sentido más antiguo del término: un par, una alianza, una suerte de pacto silencioso.

Rossana es psicoanalista. Forjó su oficio entre años de consultorios, docencia y sueños ajenos, esos que aprendió a escuchar como quien descifra un idioma secreto. Y creció, además, en una familia donde la inteligencia era una forma de respiración. Su abuelo, Samuel Glusberg —aquel ruso errante que firmó como Enrique Espinoza—, escritor, editor, fundador de la revista Babel en Argentina y Chile, cofundador junto a Lugones, Borges y Quiroga de la Sociedad Argentina de Escritores, transformó la casa de su infancia en una república literaria: habitaciones desbordadas de libros, sobremesas interminables, discusiones inflamadas por la vida y la imaginación. Una biblioteca con cuartos para vivir, así la recuerda ella.

—Nací en Santiago —cuenta—, pero de muy chica nos mudamos a Buenos Aires. La cordillera me marcó. La crucé tantas veces que se volvió parte de mí.

Ahora, ya con sus tres hijos grandes y esparcidos por el mundo, Rossana y Yejiel reparten su vida entre Santiago, Buenos Aires y Punta del Este, donde encontraron un refugio, un centro de gravedad alternativo que los recibe con una serenidad nueva.

Hija única y única nieta, aprendió pronto a escucharse los pasos. Así nació su vínculo con el arte: no desde el deber académico, sino desde la obediencia a una voz interior que la impulsa, la orienta, la provoca.

—Mi relación con el arte es natural —dice—. No me demandó otra preparación que la de estar donde estaban mis zapatos. Mi padre no se dedicaba al arte, era comerciante, no obstante, la influencia familiar opero como un disparador natural.  De niña moldeaba jabones. Luego llegaron la cerámica, la pintura, el batik, la madera, incluso el cemento. Todo la seduce con la promesa de un relato posible. Su proceso creativo no sigue un plan: se despliega, la arrastra, la sorprende. Paralelamente escribí, escribo. poesía.

—Generalmente no sé hacia dónde voy —confiesa—. Solo voy.

Hoy, ese “solo voy” la ha llevado hacia un territorio nuevo y fértil: el aluminio. Un material que podría haber intimidado a otros artistas por su carácter industrial, su frialdad aparente, su resistencia. Pero en sus manos —las mismas manos que un día modelaron juguetes de jabón y más tarde hicieron cantar a la arcilla— el aluminio se vuelve dócil, imaginativo, capaz de expresar una sensibilidad que parecería reservada para materiales más tiernos. Rossana sueña, imagina, dibuja mentalmente; después crea las formas base con una precisión casi quirúrgica. Esos moldes iniciales viajan luego a talleres especializados donde se completan, se llenan, se perfeccionan. El resultado es una alquimia entre idea y técnica, entre impulso íntimo y rigor externo.

Y no es solo el aluminio. Rossana trabaja con lo que cada obra le exige: maderas que guardan vetas como huellas digitales, cementos que parecen custodiar silencios, papel mache,  que pide ser doblado, teñido. Cada proyecto trae su propio material, su textura, su capricho. Y ella no se resiste: se entrega a lo que la materia demanda, como una narradora que se amolda al carácter de sus personajes para que la historia fluya sin estridencias.

Quizá por eso, cuando uno observa sus piezas, siente que provienen de una conversación entre la artista y la materia. No son objetos: son respuestas. Respuestas de forma, de volumen, de brillo o rugosidad, a una inquietud que nació en su interior y solo encontró alivio en la creación.

Rossana Margarita Glusberg sigue yendo, siempre yendo. Siguiendo la ruta que marcan sus sueños, dejando que las ideas encuentren cuerpo en la materia que mejor las adopta. Y ese viaje, tan íntimo y a la vez tan expansivo, es lo que convierte su obra en un territorio donde el espectador no solo mira: entra, recorre, recuerda algo propio que no sabía que había olvidado.

EL PROCESO CREATIVO

Escuchar a Rossana y observar sus obras supone todo un ejercicio. Hay variedad de soportes, pero ideas que se reiteran y adaptan a distintas situaciones. Es como una misma historia que va develándose lentamente y de acuerdo con el momento que se presenta. Así, la niña que se levanta en hierro y cemento o se estiliza hasta el metro y medio de altura en metal.

A fin de cuentas, el proceso creativo en el arte es siempre una batalla secreta: una lucha entre aquello que existe apenas como un destello —una intuición fugaz, un soplo que podría desvanecerse— y la obstinación del artista por conferirle cuerpo, peso, permanencia. Ninguna obra nace de la claridad; todas nacen de la penumbra, de ese territorio ambiguo donde las ideas todavía no tienen nombre y los sueños no han encontrado forma. El creador avanza a tientas, guiado por un impulso que no entiende del todo pero que reconoce como propio, como si respondiera a una voz subterránea que solo él escucha. Y así, en esa fricción entre lo visible y lo oculto, entre lo que la mente imagina y lo que las manos son capaces de domar, el arte se vuelve un modo de existir: una manera de convertir el caos interior en un orden íntimo, que al pasar al mundo se vuelve también un orden compartido. Por eso el proceso creativo es, más que un método, una travesía. Y quienes se atreven a emprenderla —como Rossana— nunca regresan iguales.

El arte es ese territorio donde la vida se permite pensar más allá de sí misma. No sirve para algo —no en el sentido utilitario que tanto obsesiona a nuestro tiempo— sino que abre una grieta, una especie de respiradero en medio del mundo, por donde asoma lo que no sabíamos que sentíamos, lo que no sabíamos que veíamos, lo que ni siquiera sospechábamos que éramos.

…tengo una gran facilidad para desprenderme de la obra, no sufro el final, de hecho, a veces me cuestiono, tengo fácil la idea del punto final…

El sentido del arte no está en la obra terminada, sino en el gesto: en la mano que duda antes de tocar el material, en el ojo que busca una forma sin saber cuál, en el pensamiento que tropieza con su propia sombra y decide convertirla en imagen, en palabra, en volumen. El arte es esa operación íntima y a la vez pública, secreta y exhibida, donde el ser humano ensaya su propio misterio.

Quizá por eso, cuando una obra nos conmueve, no nos dice algo nuevo del mundo: nos dice algo nuevo de nosotros. Nos revela una profundidad que estaba ahí, bajo capas de costumbre, de prisa, de rutina. Y por un instante —brevísimo, pero suficiente— recordamos que estamos vivos de un modo que no habíamos advertido.

El sentido del arte, entonces, no es dar respuestas. Es ensanchar las preguntas. Mantener viva la extrañeza. Hay que recordar que todo lo que damos por sentado puede mirarse de otro modo. Y que, en ese simple acto de mirar de nuevo, se juega nuestra libertad más íntima. El arte existe para que el mundo no nos quede chico. Para que lo cotidiano no se vuelva cárcel. Para que la vida, aun en su forma más humilde, conserve siempre un resplandor de posibilidad.

Cae el sol. Yejiel, con quien además conversamos largo sobre el mundo y sus vicisitudes, observa a Rossana con gesto cómplice.  Es hora de marchar.

Fotografías e imágenes Rossana Glusberg

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