La persistencia de las ideas. Sebastián Goldberg

No es fácil hablar de arquitectura sin hablar, al mismo tiempo, del tiempo. Del tiempo largo, casi geológico, en el que los edificios se inscriben; y del tiempo breve, apremiante, en el que hoy se proyectan. Sebastián Goldberg parece consciente de esa tensión desde el primer momento de la conversación, como si supiera que toda obra —antes de ser materia, antes incluso de ser dibujo— es una negociación silenciosa entre la urgencia del presente y la obstinación del futuro.

Rafael Viñoly Architects no es, como podría suponerse, un estudio en el sentido tradicional del término. Es más bien una constelación. Una organización que opera en los cinco continentes y que, sin embargo, se resiste a perder coherencia interna. Goldberg enumera la estructura con precisión casi narrativa: los socios —Roman Viñoly, Jim Herr, Bassam Komati, Stephanie Tsang—; los managing directors regionales, entre ellos él mismo para América Latina; los directores y los equipos que se forman y se disuelven según la lógica de cada proyecto. Nueva York, Londres y Montevideo funcionan como sedes permanentes, pero sería un error pensarlas como centros y periferias. Aquí no hay jerarquías geográficas: hay una idea de trabajo compartida.

La apertura de la oficina en Montevideo, en 2019, fue una decisión que condensó varias historias. La finalización del Edificio Plaza Alemania, por un lado; la proyección de nuevos encargos en la región, por otro. Pero, sobre todo, la intuición de Rafael Viñoly de que América Latina merecía algo más que visitas esporádicas o direcciones remotas. Montevideo se convirtió así en un punto de apoyo, en una base desde la cual construir una capacidad local sólida, capaz de dialogar de igual a igual con los grandes proyectos internacionales del estudio.

Cuando Goldberg describe el funcionamiento cotidiano de la oficina, lo hace sin épica, como si la verdadera épica estuviera en el método. Las decisiones de diseño nacen en los socios y directores responsables, pero el desarrollo es colectivo, casi democrático en su exigencia. Cada etapa convoca a equipos distintos, formados según la experiencia y la especialización. El proceso es colaborativo, insiste, y no como una consigna amable, sino como una responsabilidad: todos deben aportar, todos deben pensar. Esa lógica es la que permite que una estructura concebida para obras de gran escala se adapte al trabajo local sin perder rigor. Hay referentes, figuras con mayor experiencia que guían y ordenan, pero no imponen. El objetivo no es replicar una maquinaria, sino trasladar una cultura de trabajo, una forma de razonar la arquitectura que resiste la tentación del gesto fácil.

Hablar del presente de la arquitectura, para Goldberg, implica aceptar una cierta incomodidad. Hoy los procesos son más rápidos, más fragmentados, más exigentes. El tiempo —ese aliado histórico del buen proyecto— se ha vuelto un recurso escaso. Y, sin embargo, la arquitectura no ha cambiado su naturaleza: sigue necesitando diálogo, iteraciones, correcciones, momentos de duda. Proyectar un edificio no es solo resolver un programa; es asumir la responsabilidad de intervenir en un entorno que existía antes y que seguirá existiendo después. Los edificios, recuerda Goldberg, sobreviven a quienes los diseñan.

Como managing director del estudio en Montevideo, su desafío es mantener viva la metodología Viñoly. No como una reliquia, sino como una práctica activa. Habla de Rafael Viñoly con una mezcla de respeto intelectual y cercanía humana. Lo define como un arquitecto generoso, un formador que entendía la profesión como un ejercicio continuo de pensamiento. De allí surgen los principios que aún hoy ordenan el trabajo del estudio: comprender con precisión al cliente, justificar racionalmente cada decisión, usar los recursos con la máxima eficiencia posible y, quizá lo más importante, concebir cada edificio como un hecho cívico, con impacto público.

La conversación deriva, casi naturalmente, hacia uno de los grandes dilemas contemporáneos de Montevideo y su área metropolitana: la movilidad. Aquí, Goldberg abandona cualquier tentación de respuesta simplista. Arquitectura y urbanismo —dice— no pueden pensarse en compartimentos estancos. Requieren una visión integral, políticas públicas consistentes, infraestructura adecuada y una lectura atenta del territorio. Existen proyectos valiosos en evaluación, especialmente en el corredor este que conecta Montevideo con Canelones. Pero su éxito dependerá de algo más amplio: de la capacidad de articular el desarrollo privado con una planificación pública que genere crecimiento sostenible y ciclos virtuosos.

Al final de la charla queda flotando una certeza incómoda y, al mismo tiempo, tranquilizadora: la arquitectura no es una respuesta inmediata, sino una apuesta. Una forma de pensar el presente con la conciencia de que cada decisión se proyecta hacia un futuro que no veremos. En la manera en que Sebastián Goldberg habla de su oficio, se percibe esa convicción silenciosa: construir es, en el fondo, una manera de dialogar con el tiempo.

Fotografía José Pampín / Estudio Viñoly

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