Como tantas historias que comienzan en Nueva York —esa ciudad que devora certezas, fabrica ambiciones y deja a sus habitantes frente al espejo implacable de lo posible—, la de Rafael Viñoly Architects nació en 1983 con el pulso inquieto de quienes conciben la arquitectura no como un oficio, sino como un destino. Desde aquella primera oficina abierta a contracorriente, el estudio desplegó una cartografía intelectual que hoy serpentea por Londres, Tokio, Palo Alto, Abu Dabi, Buenos Aires y, por supuesto, por nuestro país. Su firma, que atraviesa continentes y culturas, dejó marcas visibles en los territorios más diversos: complejos culturales, edificios cívicos, centros de investigación, hospitales, desarrollos de uso mixto y planes maestros que reformulan ciudades como si fueran textos en constante revisión.
Esa voraz diversidad de obras —que va de palacios de justicia premiados a museos donde el tiempo parece volver sobre sí mismo; de teatros que laten como el corazón secreto de la ciudad a laboratorios donde la ciencia tantea el futuro— revela un apetito intelectual poco común. Hay proyectos minúsculos, casi piezas de relojería técnica, y otros vastos como constelaciones, capaces de Re imaginar barrios enteros. Y no faltan las restauraciones, esas intervenciones donde el arquitecto debe moverse con una mezcla de audacia y reverencia, como quien reescribe un capítulo sin traicionar la voz del autor original.
El estudio, fiel a una inteligencia artesanal que recuerda a los viejos ateliers europeos, combina esa sensibilidad minuciosa con la potencia operativa de un equipo multidisciplinario que investiga, disecciona, polemiza y vuelve a empezar. Cada proyecto es un laboratorio: hipótesis, modelos tridimensionales, ensayos estructurales, provocaciones formales. De esa alquimia —a veces lenta y obstinada, otras fulgurante y reveladora— emergen edificios que suelen superar las expectativas de quienes los encargan.
La sostenibilidad, tantas veces reducida a un eslogan, adquiere aquí una dimensión integral: cultural, económica, energética. Sí, hay tecnología para gestionar agua, luz, residuos; pero no como maquillaje, sino como brazo operativo de una ética del diseño que entiende que la responsabilidad ambiental forma parte de la estructura moral del edificio. A ello se suma una vocación cívica que se traduce en Programas de Becas, abiertos a jóvenes arquitectos e investigadores que encuentran en el estudio un taller de aprendizaje riguroso. Más de 175 profesionales —arquitectos, ingenieros, expertos en interiores, visualizadores digitales, artesanos— integran hoy esta maquinaria creativa, capaz de asumir proyectos colosales sin perder la escala humana. Entre sus atributos se cuentan la aplicación estricta de BIM, la experiencia en certificaciones ambientales, un taller interno de maquetas, sistemas avanzados de control de calidad y equipos residentes que permanecen en obra hasta que la última idea queda encarnada en materia. Y como fundamento de todo, la presencia —hoy distinta, pero aún fértil— de Rafael Viñoly, que continúa habitando la cultura del estudio como un espíritu tutelar.
El Método Viñoly: una conversación sin fisuras
Para Viñoly, el diseño no era un acto solitario ni un golpe de inspiración caprichoso, sino una conversación coral donde muchas voces —arquitectos, consultores, clientes— buscan un equilibrio siempre esquivo entre lo estético, lo funcional, lo social, lo técnico y lo económico. Los proyectos no avanzan en línea recta: zigzaguean, se contradicen, retroceden, vuelven a tomar impulso. Y en ese ir y venir —modelos, simulaciones, ensayos ambientales, talleres que rozan lo teatral— se forma la identidad de cada obra.
Viñoly participaba en esas sesiones como un director de orquesta que sabe que la música depende de todos los instrumentos, pero que también reconoce cuándo una disonancia puede volverse fecunda. El conocimiento compartido, la crítica honesta y el diálogo abierto —con comunidades, con funcionarios, con estudiantes, con quienes se atreven a interpelar los supuestos del proyecto— crean una responsabilidad colectiva que evita el autoritarismo del gesto aislado. El arquitecto se vuelve intérprete, mediador, decodificador de tensiones. Ese método —esa ética del diálogo y de la inteligencia compartida— es la herencia más profunda que dejó Viñoly, y es también la que hoy sostiene al estudio en su nueva etapa.
En torres comerciales y residenciales, la firma insiste en introducir espacio público: plazas elevadas, jardines en altura, corredores peatonales que devuelven humanidad al tejido urbano. 20 Fenchurch Street en Londres o la Samsung Jong-Ro Tower en Seúl son ejemplos de esa ambición por expandir la dimensión cívica incluso en la verticalidad más desafiante. Y en Nueva York, 432 Park Avenue —esa aguja ascética que domina el hemisferio occidental— cristaliza la búsqueda de plantas libres, vistas infinitas y una pureza espacial que roza lo metafísico.
Estos conceptos, durante años lejanos al imaginario uruguayo, se hicieron repentinamente familiares con la inauguración del Aeropuerto Internacional de Carrasco, esa luminosa carcasa curva que convirtió al viaje en una ceremonia; se profundizaron con la Torre Alemania, donde el estudio encontró un hogar montevideano mirando al sur; y vuelven a resonar hoy con fuerza en el Cipriani Resort de Punta del Este, una operación monumental que reinterpreta la memoria del antiguo San Rafael y la proyecta hacia el futuro.
Rafael Viñoly —el hombre, la obra, la herencia— sigue vivo en esa conversación interminable entre arquitectura, ciudad y destino. Y su estudio, fiel a ese legado, continúa escribiendo capítulos que revelan, en cada proyecto, la obstinada voluntad de mejorar el mundo a través de las formas.
Fotografía Estudio Viñoly





