Fundación Cervieri Monsuárez. Estudio Viñoly

A veces, en los paisajes más inhóspitos —aquellos donde el viento parece hablar un idioma anterior al hombre y la piedra conserva la memoria del planeta— la arquitectura encuentra su razón más profunda, casi visceral. Allí, en ese promontorio rocoso que anuncia José Ignacio antes de rendirse al océano, Rafael Viñoly imaginó un recinto para el arte que no fuera un edificio, sino un gesto: una pausa en el territorio, un respiro del mundo.

La idea madre, ese núcleo ardiente que da origen a toda obra verdadera, fue para él la creación de un espacio capaz de sobrevivir al tiempo sin pertenecer del todo a ninguna época. Un ámbito desnudo y monumental —trescientos metros cuadrados, seis metros de altura libre, ni una sola columna que interrumpiera el vacío— trazado sobre un muro de piedra ciclópea, cincelada con la misma paciencia que los viejos canteros usaban para desafiar a la eternidad. Allí, la luz entra sin pedir permiso: un lucernario de treinta y seis metros la derrama como un río persistente, convocándola desde cualquier estación del año, desde cualquier humor del cielo.

Este espacio interior respira hacia afuera, se prolonga en una terraza de cuatrocientos metros que se abre generosa al océano. No es un simple balcón: es un territorio democrático donde se cruzan turistas, vecinos, curiosos, artistas, donde el arte deja de ser ceremonia privada y se mezcla con el aire salino, con la espuma que avanza y retrocede como si quisiera apropiarse del edificio. La terraza pertenece a todos, como si Viñoly hubiera querido recordarnos que el arte, cuando es verdadero, no admite clausuras. Pero la arquitectura no flota en el vacío: necesita dialogar con su entorno, incluso someterse a él. Y Viñoly, que podía ser tan racional como poético, decidió anclar el proyecto en la identidad profunda del lugar. Eligió el basamento rocoso —esa costra antigua de la Tierra que la península exhibe con modestia primigenia— como fundamento literal y simbólico. El muro de piedra, cuarenta metros de largo, seis de alto, cuatro de ancho, no es un artificio escenográfico: es una prolongación del territorio. Las piedras, arrancadas del suelo vecino, pulidas y labradas con técnicas que parecen heredadas de otro siglo, devuelven al paisaje algo de lo que toman. Esa reciprocidad, tan rara en la arquitectura contemporánea, se convierte aquí en una suerte de pacto ético con la naturaleza.

La flexibilidad, ese concepto tantas veces trivializado, adquiere en el proyecto un espesor distinto. No es una simple cualidad operativa —la posibilidad de cambiar usos, mover tabiques, reorganizar programas— sino una filosofía. Viñoly concibe un edificio dispuesto a atravesar generaciones, capaz de mutar sin traicionarse, de abrirse a futuros imprevisibles sin perder la nobleza de su estructura original. La arquitectura, parece decirnos, solo permanece viva cuando acepta que el tiempo la transformará. Y, paradójicamente, esa disposición a cambiar es lo que la hace perdurar. Hay, además, un contexto que da sentido a esta obra: la región. Uruguay y sus países vecinos —jóvenes en términos históricos, aún en proceso de modelar su identidad construida— representan un territorio fértil para quienes tienen la ambición de pensar la arquitectura como huella civilizadora. Aquí, donde todavía quedan páginas en blanco, es posible intervenir sin borrar historias previas, sin el peso abrumador de capas urbanas superpuestas. La obra de Viñoly se inscribe en esa oportunidad excepcional: la de construir con sabiduría, con equilibrio, con esa mezcla de audacia y prudencia que solo los grandes arquitectos dominan.

Quizás por eso este proyecto, más que un edificio, es un manifiesto silencioso. Un recordatorio de que la arquitectura puede ser al mismo tiempo refugio y paisaje, artificio y naturaleza, memoria y promesa. Un espacio que no pretende imponer su presencia, sino revelar lo que el lugar ya sabía de sí mismo: que el arte y el océano, cuando se encuentran, no necesitan explicaciones.

Fotografías Daniela Mac Adden / Estudio Viñoly

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