El legado se proyecta. Román Viñoly

Hay muertes que no clausuran nada, que en vez de poner un punto final abren una puerta insondable, como si el verdadero inicio estuviera allí, en ese silencio abrupto donde la presencia se vuelve memoria y la memoria, destino. Así fue el 2 de marzo de 2023, cuando Rafael Viñoly —ese montevideano universal que erigió aeropuertos como catedrales del movimiento y torres como plegarias verticales— exhaló su último aliento dejando, sin saberlo, el mapa de una continuidad. Su partida provocó una sucesión extrañamente serena, casi natural, como si el propio Rafael hubiera acomodado cada pieza antes de marcharse. Al frente del estudio quedó su hijo, Román Viñoly, heredero de un portento internacional con obras diseminadas en los más diversos rincones del planeta. No era un lugar fácil de ocupar: ¿cómo seguir la marcha de un creador que concebía cada proyecto como una forma de desafiar la gravedad, el tiempo y la medianía? Pero Román, con la mezcla exacta de solvencia y pudor, asumió la responsabilidad como quien recoge una llama antigua para impedir que se extinga. Lo dijo sin grandilocuencias, casi en voz baja, como quien confiesa un secreto íntimo: “El legado de mi padre es una carga importante, pero estoy muy contento de llevarla.”

El legado de Rafael Viñoly en Uruguay no es menor. Es una constelación de hitos que alteraron la manera en que miramos —y habitamos— el paisaje. Está el Aeropuerto Internacional de Carrasco, quizá su obra más entrañable, ese arco luminoso que parece recibir a los viajeros con un abrazo futurista. Está ACQUA, en Punta del Este, una audacia de curvas y transparencia que convirtió la costa en un escenario de modernidad líquida. Está Plaza Alemania, un edificio que desafió los prejuicios sobre lo corporativo en Montevideo, demostrando que la innovación no tiene por qué pedir permiso. Está el proyecto del Cipriani Resort, donde la elegancia italiana y la maestría viñoliana formaron un plano de ficción arquitectónica que el tiempo se encargará de completar. Y ahora, como un último latido, está Médano, su última obra concebida junto a Román, ese edificio sorprendente que busca que cada apartamento se sienta como una casa sin renunciar a la monumentalidad. Un proyecto tan improbable, tan distinto, tan inédito, que necesitó más de 200 versiones y 26 comienzos desde cero, como si la arquitectura fuera allí un acto de fe, un camino de aproximaciones sucesivas hacia una forma que flota entre la razón y el deseo. Dos semanas antes de morir, Rafael terminó de diseñarlo. Dos semanas antes de morir, aún afinaba el módulo estructural de ocho metros, aún dibujaba, corregía, imaginaba. Dos semanas antes de morir, todavía enseñaba. Ese gesto final —ese último trazo que quedó vibrando sobre la mesa de trabajo— convirtió a Médano no solo en un edificio sino en un testamento creativo. Un puente. Una despedida.

Hoy, el proyecto avanza. Integrated Developments y el estudio Rafael Viñoly Architects, liderado ahora por Román, están a punto de completar los movimientos de suelo, iniciando una obra que llevará 36 meses y una inversión de casi 100 millones de dólares, con la promesa de entregar el edificio hacia la segunda mitad de 2028. Y mientras la obra avanza, Román recuerda. Analiza. Sostiene en sus manos la responsabilidad moral de continuar un designio. “Su legado es más un empujón que una carga”, repite, como si esas palabras fueran la brújula con la que orienta cada decisión. Durante años trabajó codo a codo con su padre. “Siempre me encargué de ayudar a proyectar su genialidad en el mundo”, confiesa. Y hoy, tras una reorganización profunda del estudio, lidera un equipo que ha demostrado —para su propia sorpresa— que puede producir arquitectura viñoliana sin Rafael, aunque Rafael siga allí, en la lógica interna, en la ética del oficio, en esa mística del diseño que escapa a lo meramente técnico.

“El arquitecto no es autor, es traductor”, decía Rafael. Y Román lo repite como un principio fundacional, acaso el más importante de los seis que organizan la filosofía del estudio:

Que todo edificio es cívico.
Que la forma nace de la lógica.
Que el costo y el valor son inseparables.
Que el compromiso con el resultado es absoluto.
Que la especialización es una trampa y la arquitectura, en cambio, una exploración perpetua.
Que de la mezcla —aeropuertos, viviendas, estadios, hospitales— brota la verdadera innovación.

De ese cruce nació Médano: un edificio de viviendas con la circulación de un aeropuerto, un acordeón arquitectónico donde cada terraza es el jardín del piso superior, un conjunto escalonado sin paralelos en el país ni en otros lugares del mundo. Tanto así que Román asegura que nunca —ni en Dubai, ni en Inglaterra, ni en Japón— encontró un antecedente real que se le pareciera.

Pero hay algo más: Uruguay. Ese pequeño país obstinado, tranquilo, cívico, donde Rafael siempre quiso volver y donde Román decidió apostar con fuerza. El país donde Rafael soñó, incluso, abrir un gran estudio y donde hoy ese deseo —tal vez uno de los últimos— quedó en manos del arquitecto Sebastián Golberg, argentino formado durante más de veinte años bajo su tutela. Era un sueño largamente madurado: que Montevideo tuviera su propio núcleo creativo viñoliano, que la arquitectura se pensara desde aquí hacia el mundo. “Es un país que atrae al mundo”, afirma Román. Y la lista de compradores de Médano lo confirma: uruguayos, sí, pero también argentinos, ingleses, canadienses, árabes, malteses, estadounidenses. Gente que entiende que la proximidad al aeropuerto —sí, ese aeropuerto, el de Rafael— es parte del encanto. Gente que busca un refugio civilizado, un lugar donde la arquitectura puede ser, además, un modo de vivir.

Román, habla de su padre como se habla de una presencia que aún acompaña:
“En el último año realmente he llegado a ver que nuestro equipo es capaz de hacer proyectos que son proyectos de Viñoly, pero sin papá.” Y uno imagina ese estudio —ahora reestructurado, ahora con socios, ahora con una dinámica más horizontal— enfrentando cada desafío con esa mezcla de optimismo y realismo que Román dice aportar. Uno imagina la incertidumbre cotidiana, la alegría secreta de cada idea nueva, la responsabilidad histórica que pesa sobre cada pliego. Uno imagina el futuro del estudio no como una repetición sino como una expansión, una evolución inevitable de aquel impulso inicial.

Porque, al final, la muerte de Rafael no cerró nada. No apagó nada. No detuvo nada. Apenas giró la luz para que otro la sostuviera. Y esa luz —que brilló en ACQUA, en el Aeropuerto, en Plaza Alemania, en Cipriani y hoy en Médano— sigue avanzando como avanzan las olas: persistente, cambiante, inagotable. Como si dijera, todavía, incluso ahora: la arquitectura es un acto de continuidad.

Fotografías Estudio Viñoly

Ads

Lecturas recomendadas

Rafael Vinoly Architects
Leer más
Edificio_Aerial_REZ0184_REZ0184-R3-E048
Leer más
Rafael July 9 2021 full res out
Leer más