por Diego Flores / fotografía José Pampín
Rafael Viñoly —permítanme decirlo sin rodeos— fue uno de esos arquitectos que parecieran vivir en un territorio propio, suspendido entre la ambición del trazo y la desmesura del sueño. Un hombre que, como los personajes más obstinados de la literatura, creyó que la realidad era un material maleable y que el espacio —ese espejo invisible donde habitamos sin darnos cuenta— podía transformarse a fuerza de voluntad, de talento y de una fe inquebrantable en la belleza.
Nacido en Montevideo, criado en el vaivén de geografías que iban del Río de la Plata a Nueva York, Viñoly aprendió muy temprano que la arquitectura no es solo un oficio, sino un modo de interrogar al mundo. Había en él algo de narrador silencioso: cada edificio suyo —desde los que se levantan en las grandes capitales del norte hasta los que hunden raíces en las arenas de Punta del Este— cuenta una historia que trasciende lo material y se adentra en aquello que Vargas Llosa llamaría la “vida intensa” de las formas.
Su obra parece escrita en capítulos: el aeropuerto de Carrasco, con esa bóveda que respira como un pecho humano, dio a Montevideo una puerta de entrada digna del país que sueña ser; la Torre Alemania, austera y elegante, donde su estudio encontró un remanso de trabajo mirando hacia el sur; el edificio ACQUA, en Punta del Este, que se estira sobre la costa como un poema transparente hecho de luz y ondulaciones; y el resort Cipriani, ese anhelo de grandeza moderna que quiso dialogar —no sin tensiones— con la memoria legendaria del antiguo San Rafael.
Y como toda gran novela, su trayectoria tuvo un epílogo impregnado de símbolos. La muerte de Viñoly, el 2 de marzo de 2023, abrió un capítulo inesperado: la sucesión que su estudio encaró sin estridencias, con la naturalidad de quienes saben que la obra —cuando es verdadera, cuando toca una fibra esencial en la cultura— continúa más allá de la presencia física del autor. Desde el décimo piso de la Torre Alemania, sus colaboradores perseveran en el rito cotidiano de proyectar, como si cada línea trazada todavía llevara el pulso del maestro.
Pero quizá sea Médano, su último gesto creativo en Uruguay, el que mejor concentra su legado. Allí, en esa arquitectura que desafía la geometría convencional para abrazar la topografía y el paisaje, Viñoly volvió a demostrar que el edificio puede ser una forma de literatura: un relato complejo, lleno de matices, que invita al visitante a leer el espacio como si fuese un texto vivo.
Hablar de Rafael Viñoly es, finalmente, hablar de un hombre que jamás aceptó los límites impuestos, que discutió con la gravedad, con las inercias culturales y con los prejuicios del oficio, y que buscó —con una mezcla de fervor y terquedad— esculpir el mundo según la magnitud de su imaginación. Como los grandes novelistas, dejó una obra que no envejece, que se alimenta del paso del tiempo y que seguirá desafiándonos, interpelándonos, obligándonos a mirar un poco más allá de lo evidente.
Porque Viñoly, igual que los personajes memorables de Vargas Llosa, vivió en permanente combate con la realidad. Y de ese combate —feroz, apasionado, indomable— surgieron edificios que hoy forman parte del imaginario de un país y del repertorio más alto de la arquitectura contemporánea.





