University of Oxford, Mathematical Institute. Estudio Viñoly

En Oxford, donde el tiempo parece discurrir con una lentitud deliberada y cada piedra carga con siglos de pensamiento, levantar un edificio nuevo es siempre un acto de cautela. Rafael Viñoly Architects asumió ese desafío al diseñar el plan maestro del Radcliffe Observatory Quarter y, dentro de él, su primera pieza construida: el Instituto de Matemática, inaugurado en 2013. No se trataba solo de edificar, sino de reunir, bajo un mismo techo, a un departamento que hasta entonces vivía disperso, fragmentado en distintas sedes, y dotarlo de un centro, de una identidad reconocible.

El edificio acoge a más de quinientos académicos y miembros del personal de apoyo, y ofrece espacios de enseñanza y estudio para investigadores internacionales, docentes y estudiantes de grado. Su concepción busca un equilibrio delicado: preservar la necesidad de concentración y privacidad que exige el trabajo matemático, sin desconocer la creciente importancia de la colaboración interdisciplinaria, ese diálogo silencioso entre saberes que define a la universidad contemporánea. Fiel al espíritu del plan maestro, la volumetría y la expresión exterior del Instituto dialogan con los edificios históricos que lo rodean. No compite con ellos; los observa, los respeta, aprende de su escala y su gravedad. Al mismo tiempo, el edificio asume un rol prospectivo: establece un estándar para el diseño sustentable en todo el Radcliffe Observatory Quarter. Incorpora un centro energético común para el sitio, con un sistema combinado de calefacción y refrigeración vinculado a más de cien pilotes energéticos, preparado para ampliarse a medida que el conjunto urbano crece.

La sostenibilidad no es aquí un gesto retórico, sino una estrategia integrada. Todas las oficinas académicas cuentan con ventilación natural, reforzada por la purga nocturna del aire y por losas de hormigón visto que regulan la inercia térmica. La envolvente incorpora sistemas motorizados de protección solar para reducir la ganancia térmica, cubiertas verdes y un sistema de reciclaje de aguas pluviales y grises. Estas decisiones, discretas pero persistentes, permitieron alcanzar la calificación BREEAM Excellent ya en la etapa de diseño. A primera vista, el edificio puede parecer introvertido. Las oficinas, acústicamente aisladas, están pensadas para el trabajo individual, casi ascético, que la matemática suele exigir. Pero en su interior late un espacio distinto: el atrio, corazón social del instituto. Luminoso, amplio, coronado por un claristorio acristalado, el atrio se extiende a lo largo de casi todo el edificio. Allí, los encuentros no se programan: suceden. Espacios informales de reunión, puentes peatonales y escaleras protagonistas animan este vacío vertical y facilitan las conexiones visuales y humanas entre docentes de todos los niveles.

Bajo el nivel del suelo, en una entreplanta cuidadosamente iluminada, se concentra la actividad docente. Auditorios, aulas y salas de seminario se organizan alrededor de un gran espacio abierto que funciona como área de estudio y socialización. La luz natural desciende desde el atrio superior a través de dos lucernarios cristalinos cuya geometría evoca fórmulas matemáticas, como si el edificio recordara, incluso en sus gestos más poéticos, la disciplina que alberga.

El Andrew Wiles Building no busca imponer una forma, sino revelar una lógica. Es un edificio que no grita su presencia, pero la sostiene con convicción. En él, la arquitectura se convierte en una extensión del pensamiento matemático: rigurosa, abstracta, sensible al contexto y, sobre todo, capaz de transformar el silencio del trabajo individual en la posibilidad fecunda del encuentro.

 

Fotografías Will Pryce / Estudio Viñoly

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