Soluciones a la luz del día. Movilidad y arquitectura

Montevideo siempre ha sido una ciudad que duda antes de actuar. Una ciudad que piensa demasiado sus pasos y, cuando finalmente se decide, suele hacerlo tarde, como quien llega a una cita cuando ya se apagaron las luces del salón. El proyecto de soterrar la circulación de ómnibus bajo la avenida 18 de Julio parece responder a esa lógica: una solución de gran escala para un problema que ha cambiado de forma, de lugar y de sentido.

La avenida —esa columna vertebral trazada con vocación republicana— ya no cumple la función integradora que tuvo durante buena parte del siglo XX. Fue escenario de desfiles, protestas, celebraciones deportivas y paseos dominicales; condensó durante décadas la ilusión de una ciudad igualitaria, donde todos, de algún modo, pasaban por el mismo sitio. Hoy, en cambio, 18 de Julio es más una memoria que una promesa. Un espacio fatigado, atravesado por flujos que no se detienen y por peatones que lo cruzan sin mirarlo, como quien atraviesa una estación de tránsito y no un lugar.

En ese cansancio urbano, los ómnibus se han vuelto protagonistas involuntarios. No basta con que sean eléctricos, silenciosos o tecnológicamente impecables. Su tamaño —desmesurado para la escala de la ciudad histórica— impone una lógica de ocupación que ahoga la circulación y rigidiza el movimiento. Son máquinas pensadas para un caudal que ya no existe y para un modelo de transporte que privilegia la masa antes que la frecuencia.

Una ciudad como Montevideo no necesita vehículos cada vez más grandes, sino sistemas más ágiles. Buses más pequeños, circulando con mayor regularidad, permitirían recuperar algo esencial: el ritmo. La ciudad no se mueve a saltos, se mueve por pulsaciones. La espera prolongada en una parada es una forma cotidiana de desgaste urbano; la frecuencia, en cambio, genera confianza, continuidad, vida.

Soterrar los ómnibus supone, en apariencia, despejar la superficie, devolverle aire y perspectiva a la ciudad. Pero también implica aceptar que el conflicto se resuelve escondiéndolo, desplazándolo hacia un subsuelo donde el movimiento se vuelve invisible. La ciudad, entonces, ya no se mira a sí misma: se atraviesa por debajo. Y en ese gesto hay algo más que ingeniería; hay una metáfora inquietante de época.

Porque las ciudades no se curan únicamente con obras de gran impacto. Menos aún cuando el paciente lleva años en estado crítico. Intervenir el corazón histórico con una cirugía mayor puede ser un acto de audacia o de desesperación. Todo depende de si se comprende que el problema no es solo la congestión, sino la pérdida de sentido del centro como espacio vivido, compartido, deseado.

El tránsito que se pretende ordenar responde a una lógica que ya no domina la ciudad. Montevideo se ha vuelto dispersa, policéntrica, extendida hacia el este y hacia la periferia. Las grandes corrientes humanas no confluyen necesariamente en el centro; lo rodean, lo esquivan, lo atraviesan sin quedarse. Pensar que una obra monumental devolverá vitalidad por sí sola es confiarle a la técnica una tarea que pertenece también a la cultura, a la economía y a la política.

Además, hay algo profundamente contradictorio en invertir enormes recursos para acelerar un pasaje por un lugar que, en teoría, se quiere revitalizar. El comercio vive de ser visto; la ciudad, de ser recorrida con los ojos. Un subsuelo eficiente puede ser funcional, pero es ciego. Y una ciudad que no se mira corre el riesgo de dejar de reconocerse.

Quizás el debate no sea cuánto soterrar, sino cuánto entender. Entender que el centro ya no es lo que fue, pero tampoco un territorio perdido. Entender que la movilidad es una consecuencia, no una causa. Y entender, sobre todo, que las ciudades no se salvan ocultando sus conflictos bajo tierra, sino enfrentándolos a la luz del día, con intervenciones que dialoguen con la escala humana y no solo con el hormigón.

Montevideo necesita menos gestos grandilocuentes y más decisiones precisas. Menos promesas de redención instantánea y más proyectos que asuman la complejidad de su tiempo. Porque una ciudad no se redefine cavando túneles: se redefine cuando vuelve a preguntarse, honestamente, para quién existe y hacia dónde quiere ir.

 

Fotografías José Pampín

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