The Rockefeller University. Estudio Viñoly

La Universidad Rockefeller se enfrentaba a una encrucijada silenciosa pero decisiva: para sostener y proyectar sus prestigiosos programas de investigación biomédica era imprescindible una transformación profunda de sus instalaciones de laboratorio. En 2010, la institución confió a Rafael Viñoly Architects la elaboración de un plan maestro y un esquema espacial capaces de anticipar el crecimiento futuro del campus sin traicionar su identidad. De ese ejercicio estratégico surgieron cuatro intervenciones precisas: el edificio River, de cinco niveles; un Centro de Conferencias de una planta; un Centro de Salud y Fitness, también de una planta; y un anexo de dos niveles que haría posible el conjunto.

Desde el inicio, el plan maestro se sostuvo en una convicción clara: el crecimiento no debía imponerse al lugar, sino dialogar con él. Había que preservar el jardín diseñado por el célebre paisajista Dan Kiley —un espacio donde el orden geométrico y la serenidad vegetal alcanzan una rara armonía— y reforzar el carácter histórico de los edificios que lo enmarcan. Al mismo tiempo, el nuevo edificio River, con sus más de 16.600 metros cuadrados, debía ofrecer grandes plantas libres para la investigación científica, capaces de adaptarse con el tiempo a la expansión y contracción de los equipos de trabajo. El Centro de Salud y Fitness, por su parte, debía conservar la terraza verde existente de Kiley, conectándola mediante una escalera e integrando espacios interiores y exteriores dedicados al bienestar.

Tras evaluar diversas alternativas de emplazamiento, el estudio desarrolló una solución tan audaz como discreta: utilizar los derechos aéreos de la universidad sobre la Franklin Delano Roosevelt Drive, la autopista que bordea el East River. El resultado fue un edificio de cinco niveles, con los laboratorios concentrados en dos plantas principales. La decisión de mantener una altura contenida no fue casual: permitió preservar la integridad del paisaje original, prolongándolo sobre la cubierta del nuevo edificio y estableciendo, casi sin énfasis, una relación directa con el río. Así, el jardín se expande, se eleva, se continúa. Las alineaciones arbóreas y los “cuartos” exteriores definidos por la vegetación se multiplican en una secuencia de espacios públicos con distintos grados de intimidad y acceso.

De este modo, la intervención logra algo poco frecuente en el corazón de Manhattan: sumar una superficie significativa al campus sin sacrificar aquello que le da sentido. El plan histórico, la arquitectura existente y el paisaje no solo se conservan, sino que se ven reforzados por la nueva construcción.

El diseño de los laboratorios responde con precisión a las exigencias cambiantes de la investigación contemporánea. La flexibilidad no es aquí una consigna abstracta, sino una condición estructural: los espacios permiten crecer, reducirse, transformarse con facilidad, acompañando la evolución de las prácticas científicas y los programas individuales de los investigadores. El núcleo y la envolvente del edificio fueron concebidos para alojar laboratorios en las mayores huellas posibles dentro de un campus urbano restringido, dando respuesta a la creciente necesidad de áreas de apoyo técnico. Para el equipamiento interior, Rafael Viñoly Architects desarrolló un sistema de columnas técnicas —un bollard system— que permite reconfigurar con rapidez y economía las mesadas, áreas de trabajo, oficinas y espacios de soporte.

Pero el edificio no se limita a alojar ciencia. Reconoce, con una lucidez casi literaria, la importancia de los espacios “blandos”: salas de estar, áreas de encuentro informal, salas de seminarios, lugares para comer y conversar. Estos ámbitos no aparecen como anexos decorativos, sino como parte esencial del ecosistema de investigación, allí donde las ideas se cruzan, se contaminan y, a veces, se transforman en descubrimientos.

El enfoque proyectual se resume en una ambición clara: insertar una expansión de gran escala en un campus urbano rodeado de calles, edificios y una autopista de seis carriles, sin renunciar a las cualidades más preciadas del sitio. El edificio laboratorio adopta una lógica modular que facilita la flexibilidad espacial, mientras se extiende en plantas de 28 metros de ancho por 225 metros de largo, literalmente suspendidas sobre la infraestructura vial. Esta modularidad permite no solo plantas más generosas, sino también una organización precisa de los servicios verticales.

El objetivo último fue alcanzar flexibilidad en todos los niveles: permitir que los departamentos crezcan con el tiempo, que estudiantes, docentes y colaboradores interactúen de manera espontánea, y que la universidad se vincule con la comunidad a través de nuevas oportunidades de intercambio y difusión.

Los módulos desarrollados organizan los distintos tipos de espacios —oficinas, áreas de escritura, espacios colaborativos, mesadas de laboratorio y áreas de apoyo— como redes independientes pero intercambiables, capaces de adaptarse a las necesidades cambiantes de la investigación científica. La circulación interna sigue la misma lógica, reconociendo las distintas formas de habitar el edificio: la concentración del investigador, la precisión del trabajo experimental, la reserva de los espacios técnicos. Todo converge en una arquitectura que no busca protagonismo, pero que entiende que el conocimiento, como el paisaje, necesita tiempo, flexibilidad y un marco silencioso para crecer.

Fotografías Halkin Mason / Estudio Viñoly

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