En el corazón de la Ciudad Universitaria de Buenos Aires, donde el viento del río avanza con una terquedad casi filosófica y los estudiantes se dispersan como partículas indecisas entre facultades, Rafael Viñoly dejó uno de sus gestos más silenciosos y, sin embargo, más reveladores: Cero + Infinito. Un nombre que parece salido de una ecuación metafísica, pero que en realidad condensa la aspiración mayor del edificio: abrazar la racionalidad matemática sin sacrificar la emoción del espacio vivido.
Allí, donde antes había un volumen torpe y vencido por el tiempo, Viñoly propuso una estructura que es pura claridad. Nada sobra, nada pretende más de lo necesario. La arquitectura se vuelve un acto de inteligencia, una disciplina del orden. Los patios interiores —esas oquedades que respiran como pulmones geométricos— organizan la circulación, marcan el ritmo, imponen una cadencia que transforma el tránsito universitario en una especie de procesión laica. Caminar por Cero + Infinito es, de algún modo, pensar: cada pasillo es una hipótesis, cada patio un paréntesis, cada aula una conclusión que se despliega.
Viñoly entendía bien la responsabilidad de intervenir en un campus donde generaciones de científicos habían arrojado sus preguntas al aire. Por eso eligió un lenguaje sobrio, casi monástico, pero de una elegancia precisa, casi quirúrgica. En Cero + Infinito no hay grandilocuencia; hay, en cambio, un respeto casi reverencial por la luz, por el vacío, por la idea de que el conocimiento necesita espacio para proyectarse, para expandirse como una onda que no reconoce límites. El edificio, con su trama de patios cuadrados y corredores en forma de cruz, parece una gigantesca máquina destinada a garantizar que el pensamiento fluya. Y sin embargo, en esa austeridad tan controlada, se cuela una sensualidad inesperada: la manera en que la luz se recoge en los muros blancos, el modo en que las sombras caen y se desplazan como actores disciplinados, la suavidad con que la arquitectura acompaña el día universitario, desde el primer brillo de la mañana hasta la caída lenta de la tarde.
En Cero + Infinito, Viñoly no buscó la espectacularidad —esa tentación contemporánea que convierte a algunos edificios en meras postales— sino una forma de permanencia. Un edificio que pueda envejecer con dignidad, que acepte el paso de miles de alumnos sin perder su serenidad geométrica. Una obra que, como los grandes textos, no grita: se instala, se queda, se vuelve referencia. Y así, en un campus que siempre estuvo dividido entre la nostalgia y la urgencia, Viñoly ofreció una síntesis inesperada: un edificio donde cero —ese punto inicial, vacío, abierto— se une con infinito, ese horizonte sin fronteras donde el pensamiento insiste en seguir creciendo.
Fotografías Daniela Mac Adden / Estudio Viñoly




















