La curva que unió dos mundos. El Puente de Laguna Garzón. Estudio Viñoly

La historia del Puente de Laguna Garzón no comenzó con planos ni licitaciones, sino con una idea casi quijotesca: la certeza de que dos territorios —Maldonado y Rocha—, separados durante décadas por un borde líquido y ritual, podían unirse sin perder su magia. Fue entonces cuando apareció un desarrollador argentino, hombre de frontera y de intuiciones agudas, que veía en Rocha no solo un destino, sino una promesa. A su lado, Rafael Viñoly —ese arquitecto que había domesticado rascacielos en Nueva York y aeropuertos en Uruguay— decidió hacer algo pocas veces visto en obras de esta magnitud: donar su proyecto.

Sí, donarlo. Ceder la autoría como quien entrega un regalo al porvenir del país. Un gesto radical, casi romántico, que revelaba que para él la arquitectura no era mercancía, sino destino cívico. Y así comenzó una travesía más larga que la propia laguna: años y años de discusiones políticas, ambientales, ideológicas. Cada sector defendía una verdad distinta. Unos temían que el puente arrasara con el carácter virgen del paisaje; otros insistían en que la conectividad era una deuda histórica. Durante un tiempo —un tiempo largo, espeso, lleno de silencios y debates estériles— pareció que la obra nunca saldría de los cajones.

Pero finalmente prevaleció la idea de Viñoly: resolver la integración por lo alto, con un gesto de ingenio, respeto y audacia. Y lo que surgió no fue el típico puente rectilíneo, utilitario, sino un círculo perfecto: una pausa en el camino, una curva que obliga al conductor a bajar la velocidad, levantar la vista y reconocer que está atravesando un sitio único. No un atajo: una experiencia. No un corte en el paisaje: un diálogo.

Ese círculo —dos medias lunas que se encuentran como si fueran mitades destinadas a reunirse— es hoy una de las obras más singulares del país. Sus pilotes se hunden en la laguna con una delicadeza casi quirúrgica; la estructura deja fluir el agua, el viento, la luz. Desde arriba, el puente parece un ojo contemplativo; desde abajo, una presencia amable que respeta la serenidad de la laguna. Y, sin proponérselo, se volvió un símbolo. Porque no solo unió Maldonado y Rocha: unió también la voluntad privada con el interés público, la ambición del desarrollo con la conciencia ambiental, la imaginación de un arquitecto con la perseverancia de una comunidad. Viñoly, que tantas veces alzó obras para tocar el cielo, dejó aquí una enseñanza más honda: que la verdadera grandeza a veces consiste en ceder, en donar, en ofrecer a un país una idea capaz de transformarlo. El Puente de Laguna Garzón no es solamente infraestructura: es la historia de un gesto, de una alianza improbable, de un obstinado sueño que tardó años en abrirse paso.

Y por eso, al cruzarlo, uno no solo viaja entre dos departamentos: viaja por una historia que sigue viva, suspendida sobre el agua, convertida en un círculo perfecto que ya forma parte del paisaje emocional del Uruguay.

Imágenes Estudio Viñoly

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