Vilo. Estudio Viñoly

La historia de VILO comenzó a fines de 2019, como empiezan ciertas empresas que parecen destinadas a marcar una época: con una intuición luminosa y un gesto de confianza. Eduardo Eurnekian convocó a Rafael Viñoly para que imaginara un edificio emblemático, capaz de albergar la sede de Corporación América y de proyectar hacia el futuro una idea precisa de modernidad. No existía aún un programa definido, no se sabía qué empresas ocuparían sus plantas ni qué exigencias funcionales impondría el tiempo. Esa incertidumbre —que suele espantar a los arquitectos timoratos— se convirtió en la premisa fundacional: crear una arquitectura que pudiera transformarse sin perder el alma. Viñoly respondió con esa mezcla de racionalidad y atrevimiento que siempre lo distinguió. “El diseño de la Torre VILO se basó en una arquitectura de transparencia y racionalidad”, sintetiza Román Viñoly, su hijo y socio. La estructura se muestra sin tapujos, como si el edificio quisiera proclamar, con honesta desnudez, que la lógica constructiva también puede ser una forma de belleza.

Desde los primeros bocetos, Rafael trazó una idea clara, casi obstinada en su coherencia. La obra avanzó, ladrillo a ladrillo, vidrio a vidrio, hasta que en marzo de 2023 la muerte lo sorprendió poco después de una visita a obra. VILO quedó entonces cargado de una energía especial: es una obra póstuma, pero también una obra testamento, una declaración final sobre cómo debía ser un edificio del siglo XXI.

Ubicado en una esquina retirada de Vicente López, con perímetro libre, el volumen captura la luz con sus cuatro fachadas vidriadas. El núcleo de circulación, orientado hacia las vías del ferrocarril, actúa como escudo acústico y libera hacia el río las visuales más generosas. Esa elección, aparentemente técnica, guarda algo de poesía: el ruido queda atrás; la mirada, adelante.

El terreno, en pleno corredor de Libertador, imponía limitaciones severas. La superficie edificable se agotaba antes de alcanzar la altura permitida. ¿Qué hacer? ¿Resignarse? Viñoly jamás fue amigo de los límites. Goldberg, hoy director regional del estudio, recuerda el movimiento maestro: plantear plantas dobles con entrepisos suspendidos, creando ocho niveles completos, más un entrepiso liviano que cuelga de tensores metálicos. Una espacialidad nueva, libre, sin columnas interiores: un edificio que respira. Esa libertad estructural se traduce en libertad de uso: una corporación única o múltiples inquilinos, oficinas de gerencia en la “mochila” tensada hacia el exterior, escaleras entrelazadas en configuración “tijera” que liberan el centro y, al mismo tiempo, se exhiben en la fachada como esculturas en movimiento. Viñoly nunca creyó que las zonas de servicio debieran esconderse; aquí se vuelven protagonistas, geometrías útiles que también pueden ser hermosas.

La cercanía al ferrocarril impuso desafíos de submuración y excavación milimétrica. Nada de eso intimidó al equipo: la obra avanzó con una precisión casi quirúrgica. Los pisos pares se manifiestan en vigas perimetrales de hormigón visto; los entrepisos suspendidos revelan la trama de tensores. Todo está a la vista: una arquitectura que no miente. Pero la verdadera joya está en la piel del edificio. Desarrollada con el equipo de Nueva York, la fachada utiliza paneles de vidrio de 6,60 por 2,20 metros, con esquinas curvas que suavizan el volumen. Costillas de vidrio sostienen el sistema sin estructura metálica visible. Las tolerancias eran casi ridículas —+/- 2 mm—, pero el equipo lo logró: VILO es una catedral de precisión.

En la planta baja, Viñoly quiso un gesto urbano: un espacio público, un restaurante visible desde la calle, rodeado de árboles que parecen crecer dentro de un invernadero transparente. Un volumen de triple altura que recibe al visitante con una amplitud inesperada, más emocional que protocolar.

La certificación LEED Gold corona el proyecto: energía recuperada, ventilación asistida, climatización zonificada, agua racionalizada, generación renovable. No como ornamento técnico, sino como ética: la responsabilidad ambiental como parte inseparable del oficio.

Quizá quien mejor sintetiza el espíritu del proyecto es Goldberg: “Rafael siempre insistió en que los edificios debían poder evolucionar sin entrar en crisis”. VILO, con su estructura híbrida, su flexibilidad radical y su claridad conceptual, es exactamente eso: un organismo preparado para adaptarse, sobrevivir, transformarse.

 

Fotografías Daniela Mac Adden / Estudio Viñoly

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