En Punta del Este —ese promontorio que en verano parece arder de luz y en invierno se repliega como un animal cansado— Rafael Viñoly levantó ACQUA, una pieza arquitectónica que no busca imponerse al paisaje sino dialogar con él, casi susurrarle. Fue un gesto inusual en un balneario tentado siempre por la verticalidad, por ese impulso casi adolescente de trepar más alto que el vecino. Viñoly, en cambio, eligió el descenso: un edificio aterrazado, extendido como un abanico frente al mar, que se abre en pliegues horizontales para que cada unidad tenga su propio encuentro solemne con el horizonte.
En su diseño hay algo de coreografía marina, como si Viñoly hubiera querido que el edificio imitara las ondulaciones del Atlántico: terrazas que avanzan y retroceden, sombras que se deslizan como la espuma sobre la arena, líneas que buscan disiparse en el aire, no dominarlo. ACQUA es, así, una rareza: monumental sin ser estridente, elegante sin el menor gesto de ostentación. Pero la historia de este gesto horizontal —casi humilde— adquiere otro sentido cuando se lo mira en perspectiva, al modo en que el tiempo recompone las intenciones de un artista. Porque años más tarde, cuando el arquitecto vuelva a Punta del Este convocado para imaginar las torres del Cipriani Resort, Viñoly buscará exactamente lo contrario: la altura. Allí donde ACQUA eligió extenderse como un barco varado, las torres ascenderán como faros. Allí donde el edificio aterrazado se adaptó al terreno como una mano abierta, las nuevas propuestas se elevarán con una ambición que, lejos de contradecirlo, revela la amplitud de su mirada. Viñoly entendía —y esto lo saben sólo los arquitectos que han meditado largamente sobre la identidad de un lugar— que una ciudad no es una sola voz sino un coro. ACQUA le aportó a Punta del Este la melodía baja, horizontal, cercana al murmullo del mar. Las torres del Cipriani, en su momento, intentaron sumar las notas altas, el contrapunto vertical de una ciudad que crece hacia el cielo.
Así, ACQUA permanece como una de las obras más sutiles y poéticas de Viñoly: una pieza en la que la arquitectura se vuelve casi literatura, un relato en piedra, vidrio y sombra que narra la historia de un gesto —ese gesto primerísimo, fundacional— de mirar el mar no desde arriba, sino desde la misma línea en que el aire se encuentra con el agua.
Fotografías José Pampín / Estudio Viñoly

















